Pásate al MODO AHORRO

José Saramago, un refugio para el humanismo

Este miércoles se cumplen 100 años del nacimiento del escritor José Saramago. El Nobel portugués siempre decía que sus dos principales maestros no sabían ni leer ni escribir: eran sus abuelos Jerónimo y Josefa

Javier Herreros

José Samarago escribiendo. / Fundación José Saramago
José Samarago escribiendo. / Fundación José Saramago

Cuando José Saramago era un niño y trepaba a lo alto de un fresno de veinte metros, no pensaba que se convertiría en uno de los escritores más relevantes de la historia de la literatura. En su infancia, subirse al enorme árbol le brindaba la contemplación embelesada del Almonda y del Tajo, el río pequeño y el río grande, que regaban los campos del Ribatejo. Allí, en la aldea de Azinhaga, vivía el pequeño José con sus abuelos: Josefa Caixinha y Jerónimo Melrinho. Estos campesinos portugueses fueron sus auténticos maestros, sabios maestros sin letras, pero con un comportamiento dignísimo que constituiría la base donde se asentaría el enfoque humanista, fraternal, de las creaciones saramaniagas. 

Con ellos, aprendió el valor del esfuerzo, el despertarse temprano para laborar en los olivos y en las higueras: la tierra que nos alimenta si la trabajamos con dedicación. Y en las madrugadas invernales, con un frío atroz, los ojos del niño José pudieron ver a sus abuelos ir a la porqueriza y recoger a los lechones helados, y llevar a los animalillos a la casa, y meterlos en las camas y abrigarlos con mantas. Y en las noches de primavera, con el cielo estrellado, límpido, sentado con su abuela en la puerta del hogar, divisando el maravilloso firmamento, el pequeño José escucharía a Josefa decir lo penoso que era tener que abandonar un mundo tan bello. 

Y algunas jornadas, después del trabajo, el niño disfrutaría con los relatos y las leyendas que contaba Jerónimo, al pie de una higuera: ahí estaría la esencia de la oralidad de las obras de Saramago, en el fondo la esencia de toda actividad literaria desde la antigüedad: contar historias, recibirlas y volverlas a contar, con variantes, y recibir otras, y contarlas otra vez, con modificaciones, y así sucesivamente, porque contar es expresar la vida, y los seres humanos pretenden captar lo fundamental de la vida por medio de las historias. Y los grandes contadores se llaman Homero, Boccaccio, Kafka, Delibes, Saramago

El escritor portugués durante una entrevista. / Fundación José Samarago
El escritor portugués durante una entrevista. /Fundación José Saramago

Ya adulto, en Lisboa, Saramago intentaría hacerse un hueco en el panorama literario portugués, sufriendo múltiples decepciones. Incluso, en algunos círculos culturales se burlaban de él por su tartamudez. Hasta los 55 años no logró que le publicasen con cierta difusión una novela: 'Manual de pintura y caligrafía' (1977). Las novelas que había escrito antes o bien quedaron sin publicar o se publicaron con un recorrido muy escaso. Sí vieron la luz algunos de sus poemarios, entre ellos el espléndido 'El año 1993' (1975), con composiciones impresionantes sobre el final de la dictadura salazarista y la llegada de la libertad.

En la década de los 80, logra el reconocimiento como novelista en Portugal, escribiendo y publicando mucho. En los 90, amplía su prestigio narrativo a nivel internacional, hasta alcanzar el Nobel en 1998. En su discurso de Estocolmo recordó que las dos personas que más le habían enseñado durante su existencia no sabían leer ni escribir: sus abuelos Jerónimo y Josefa.

Hace unos años, un responsable educativo me comentó que le extrañaba que Juan Marsé escribiese tan bien sin haber ido a la universidad. Yo guardé silenció unos segundos y pensé en Saramago, y pensé también en Miguel Hernández. Y le respondí que tampoco Miguel Hernández y José Saramago habían acudido a la universidad y eran grandísimos escritores. Su universidad fue la vida, con sus fulgores y sus tinieblas. La vida que le enseñó a Saramago que el único valor verdaderamente revolucionario era la bondad y que la única Internacional por la que valía la pena luchar era la Internacional de la Bondad.

Hoy, 16 de noviembre de 2022, aquel niño portugués que se subía a un altísimo fresno cumple 100 años. Si leemos sus obras, lo sentiremos vivo, permanente luz en el tiempo. Al leer sus novelas, estamos abrazando tiernamente a unos árboles que se mantendrán enhiestos más allá de la fugacidad de nuestra vida.

Javier Herreros es profesor de Literatura y periodista

Archivado en:

Destacados