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Pablo Milanés, cantor de versos perdurables

En las canciones amorosas, Pablo refulgía, en una amalgama de versos hondos, preciosos, con su voz diáfana, tan cercana, tan característica, y las melodías geniales, a menudo pianísticas

Javier Herreros

Pablo Milanés en un concierto. / EFE
Pablo Milanés en un concierto. / EFE

Un día otoñal, una de esas jornadas en las que el cielo grisáceo impregna de melancolía los ritmos cotidianos, hemos recibido al alba la noticia de la muerte de Pablo Milanés. Me encontraba tomando mi habitual desayuno, corrigiendo unos exámenes, de espaldas a la televisión. De fondo, la voz de la periodista que comunica el fallecimiento del cantautor cubano. Al escuchar el triste anuncio, he parado unos instantes la labor correctora. Como si el frío de noviembre se instalase en mi cuerpo. Y he pensado en que se marcha un músico inmenso, uno de los mayores poetas en lengua española. Nos queda su bellísimo legado musical, las canciones con las que hemos crecido, vivido, amado y llorado miles de seres humanos del planeta, de bastantes generaciones. 

Algunas personas hablarán hoy de compromiso, de revolución, de política, pero yo prefiero recordar a Pablo como un excelso creador de canciones de amor. Para los que admiramos su música, era simplemente Pablo, como era Luis Eduardo, o como todavía son Silvio, Víctor, Ana, Joan Manuel.  A los cantautores los conocíamos por sus nombres propios, porque poblaban mil instantes de nuestras vidas. Eran como de la familia. Los poníamos en el tocadiscos, en el coche, en diversas celebraciones con los amigos.

En las canciones amorosas, Pablo refulgía, en una amalgama de versos hondos, preciosos, con su voz diáfana, tan cercana, tan característica, y las melodías geniales, a menudo pianísticas. Composiciones inolvidables que han constituido la banda sonora de múltiples individuos en los últimos cincuenta años.

Una canción de Pablo era como una carta nacida muy de dentro, profunda, humanísima, y ahí estaba el milagro, el fulgor de la cultura, pues gracias a su voz, a su guitarra, a su piano, el sentir de Pablo se convertía en la coyuntura sentimental (pretérita, presente, futura) de millones de mujeres y de hombres que han caminado por la vida con sus canciones

Un cancionero que ha dado luz a los corazones, a los seres dichosos y a los seres que buscaban la dicha, y que, en letras doradas, imborrables, se instaló desde hace décadas en los latidos que se llaman Para vivir, Años, El breve espacio en que no estás, El amor de mi vida, Si ella me faltara alguna vez, Yolanda y tantas otras piezas magistrales. Le cantó al amor en todas sus vertientes: el deseo, el placer, la felicidad compartida, la ausencia, la pérdida, la nostalgia, la esperanza. Una canción de Pablo era como una carta nacida muy de dentro, profunda, humanísima, y ahí estaba el milagro, el fulgor de la cultura, pues gracias a su voz, a su guitarra, a su piano, el sentir de Pablo se convertía en la coyuntura sentimental (pretérita, presente, futura) de millones de mujeres y de hombres que han caminado por la vida con sus canciones.

Pablo era un poeta universal, y algunos de sus conciertos quedan como hitos de la historia de la música: como el que dio con Silvio en Buenos Aires, en la primavera de 1984, al poco de concluir la dictadura militar argentina, o el que ofreció en Málaga con Víctor, en agosto de 1995. Yo tuve la suerte de verle en directo una única vez, a finales de junio de 2017, en los Jardines del Botánico de la Universidad Complutense. Noche estival en Madrid y yo en la barra, de pie, solo, asombrado por el maravilloso repertorio, nuevo y antiguo, que Pablo compartió con nosotros en una velada calurosa. Lo vi en soledad, con una copa en la mano, a escasos metros de un artista que era una mezcla de generosidad y talento en el escenario. 

Un conjunto de músicos jóvenes, espléndidos, acompañaba al veterano cantor, que daba una y otra vez las gracias a sus compañeros y a los asistentes al recital. Y mientras Pablo iba hilvanando canciones en la noche madrileña, sentí lo que algunas veces he sentido: que el arte, la música, el cine, la poesía, son expresiones que nos recuerdan que no estamos solos y que, pese a todo, pase lo que pase, merece la pena vivir. Y precisamente en Madrid ha fallecido Pablo. Cantor, poeta, músico. Con sus versos brillaron con un brillo infinito la ternura, el deseo, los sueños. Y cuánta luminosidad en los juegos infantiles junto a las alamedas. Al igual que ocurre con Luis Eduardo, nos queda su música. Gracias por tus canciones, Pablo, voz única, planetaria, amorosa, que pusiste en tus creaciones la inmensa galería de sentimientos de la humanidad

Javier Herreros es profesor de Literatura, periodista y autor de varios libros

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