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Durante un tiempo todo el mundo miró con fascinación el proceso de transformación (o reconversión) qué vivió Bilbao en la década de los 90. Un cambio impresionante, operado con la creación de Bilbao Ría 2000 (Sociedad para la regeneración urbanística de Bilbao y su entorno), para recuperar las zonas degradadas y áreas industriales de la ría. Un proceso de reconversión que tuvo en la construcción del Guggenheim, la generación de un símbolo que representa un caso de éxito de transformación urbana, que llevó aparejado un cambio en el ecosistema de la ría: de zona industrial a zona turística y de servicios. La operación funcionó de tal manera que prácticamente todas las ciudades medias (más allá de Madrid o Barcelona) copiaron el modelo e hicieron su propia versión de intervención urbana con un edificio de firma como guinda de la reconversión.

La transformación que vivió Bilbao, fue el preludio de una transformación social y económica que protagonizaron años después la generación del baby boom que reflejó una nueva configuración social, una clase media aupada por la movilidad social. La emancipación de esa generación se vinculó a tres factores interrelacionados: movilidad social y acceso al mercado laboral tras finalizar los estudios; definición de un proyecto de vida en pareja y, la entrada en el mercado de la vivienda para adquirir, generalmente, un piso en propiedad. La propiedad de la vivienda en los nuevos barrios se percibió de manera mayoritaria como un proceso, en sí mismo, de movilidad social ascendente: movilidad residencial dentro de la movilidad social.

 

La transformación que vivió Bilbao, fue el preludio de una transformación social y económica que protagonizaron años después la generación del baby boom que reflejó una nueva configuración social, una clase media aupada por la movilidad social

 

Surgieron nuevos barrios y con ellos crecieron buena parte de los equipamientos públicos como colegios, centros de salud, centros cívicos (como en el caso de Vitoria); barrios con grandes parques y zonas verdes, como símbolo de estatus y evolución de calidad de vida. Barrios que dejaban atrás los antiguos barrios surgidos en el proceso migratorio de los años 50-60, cuando una población rural en busca de oportunidades laborales migró a las zonas urbanas con mayor peso industrial (Cataluña, Euskadi o Madrid).

Los antiguos barrios obreros, caracterizados por el pequeño comercio, calles abigarradas y edificios de seis alturas, vieron como cambiaban sus comercios y la composición de su población: donde antes acogieron el éxodo rural, pasaron a acoger a la inmigración. Mientras, una parte importante de los hijos e hijas de esos barrios, se mudaron a barrios nuevos como Mirivilla en Bilbao, o Zabalgana en Vitoria.

Si los noventa representaron los años del optimismo, y la primera década de los 2000 fueron los de la recogida de los efectos de lo anterior y de un crecimiento sin límite, a partir de finales de ese decenio y en la siguiente década de nuestro siglo se vuelve la mirada hacia la nostalgia y la melancolía: el discurso de Ana Iris Simón y la sensación para la población más joven de que cualquier tiempo pasado fue mejor.

 

Euskadi debería ofrecer oportunidades y expectativas a esos sitios que nunca aparecen en las postales: antes de que despierten de su sensación de abandono y pasen cosas que nos sorprendan

 

Y en estas nos encontramos con los estados occidentales articulando una respuesta diferente al schock económico producido por la pandemia tras los aprendizajes derivados de la respuesta a la crisis de 2008: desde la respuesta de Joe Biden de inyección intensiva de fondos públicos dirigidos a las familias y a las clases medias, hasta la respuesta de la Unión Europea con el impulso de unos fondos europeos que buscan sentar las bases para una transformación que siente sus raíces en la sostenibilidad.

En este cambio de paradigma, es paradójico que un territorio como Euskadi que sobrevivió mejor al impacto de la crisis de 2008 gracias a su fuerte tejido industrial y a no haberse sumado a la fiebre del ladrillo, fíe uno de sus proyectos transformadores a la ampliación del Museo Guggenheim. Un museo que con certeza será un reclamo cultural y turístico dentro del menú de ofertas turísticas que Euskadi ofrece al mundo, pero que suena a una copia de recetas que funcionaron en el pasado, más que una lectura de los retos a los que nos enfrentamos en el presente. Más que por apuestas simbólicas, Euskadi debería ofrecer oportunidades y expectativas a esos sitios que nunca aparecen en las postales: antes de que despierten de su sensación de abandono y pasen cosas que nos sorprendan.

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