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El año pasado dediqué el último artículo del año a los aprendizajes que nos había dejado el primer año de pandemia, un ejercicio de responsabilidad colectiva en forma de confinamiento, en el que vimos la vida pasar entre cuatro paredes. El 2020 fue un año donde el poder de la colaboración, el conocimiento y la ciencia nos proporcionó vacunas en tiempo record; en el que vimos como las profesiones esenciales eran aquellas que no se confinan y garantizan el sostenimiento de lo cotidiano; donde los cuidados ocuparon el centro de nuestras vidas; donde aprendimos que la escuela es mucho más que un cuaderno abierto en un pupitre y un maestro dando clases en una pizarra; donde tomamos consciencia de que la digitalización ya ha cambiado la manera en la que nos relacionamos, consumimos y trabajamos, y donde empezamos a tomar conciencia de la enorme transformación que se nos venía encima. 

Echando la vista atrás, el 2020 fue un año duro de encierro, pero en el que terminamos siendo optimistas: la población había protagonizado una "resiliencia increíble", el servicio desinteresado del personal de salud nos hacía sentirnos orgullosos y comprometidos con los servicios públicos, y la cooperación científica sin precedentes había conseguido lo más difícil, teníamos vacuna. 

 

Para este cambio de época determinado por la pandemia, se está demostrando que necesitamos administraciones más ágiles y gobiernos capaces de transformar el desencanto y el agotamiento en propuestas concretas

 

En cambio, terminamos el 2021 con la sensación de haber consumido el capital político y social que conseguimos en el 2020. El 2021 termina como comenzó, desbocado: si el asalto al Capitolio nos despertó de la siesta el día de Reyes, unas cifras de contagio como nunca antes habíamos visto, vuelven a poner a prueba nuestra capacidad de resiliencia. La fatiga pandémica afecta a todos por igual: la población perpleja y agotada se autogestiona al ritmo que marcan los gobiernos, y los gobiernos, entre agotados y faltos de ideas, parecen haber confiado a la suerte de omicron, en forma de contagio leve masivo, el devenir de la pandemia. Todo esto nos pasa sin haber sentado las bases necesarias para que la gestión sea más eficiente: la desidia legislativa que aboga a la inseguridad jurídica de los gobiernos a la hora de tomar decisiones y la lentitud en poner en marcha una Agencia Estatal de Salud Pública que mejore la gestión de la pandemia, entre otras cosas, nos confirman aquello de que “las cosas de palacio van despacio”.  

El esfuerzo de la ciencia no se ha visto recompensado, todavía, con un reparto de las vacunas que evite la propagación de variantes, y el sistema de salud da signos evidentes de agotamiento sin haber recibido los refuerzos necesarios. Los fondos europeos llegan a un país agotado necesitado de transformaciones y de acción política que le den sentido a un mundo que ya ha cambiado. La administración se muestra lenta (¿y anticuada?) para avanzar en cuestiones concretas cuando la población más joven, según datos recientes del Observatorio Vasco de Juventud, demanda un  cambio en el modelo de sociedad, el 57% de los jóvenes creen que la sociedad necesita de reformas profundas. 

 

El 2021 termina como comenzó, desbocado: si el asalto al Capitolio nos despertó de la siesta el día de Reyes, unas cifras de contagio como nunca antes habíamos visto, vuelven a poner a prueba nuestra capacidad de resiliencia

 

Y es que, para este cambio de época determinado por la pandemia, se está demostrando que necesitamos administraciones más ágiles y gobiernos capaces de transformar el desencanto y el agotamiento en propuestas concretas. Donde los Estados no llegan, las ciudades parecen haber encontrado un camino. Lo vimos en el papel protagonista que tuvieron en la COP26 celebrada en Glasgow, donde ciudades como Vitoria, Barcelona, Amsterdam o Paris, se mostraron al mundo como ciudades que aprenden las unas de las otras, con identidad propia, y también con un carácter regional que actúa como propulsor de cambios. Ya lo dijo el recientemente nombrado Ministro de Universidades, Joan Subirats, “al final, todos los problemas globales se viven en los barrios”.

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