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Por primera vez nuestro mundo se paralizó, obedientes y conscientes del riesgo que vivíamos, confinamos nuestras vidas entre cuatro paredes. En un acto de responsabilidad colectiva inimaginable las familias se organizaron de un día para otro para no llevar a sus hijos e hijas al colegio; cerraron negocios, bajaron persianas, y las casas se convirtieron en espacios multifuncionales, donde todo cabía: educación, trabajo, cuidados, salud, juego, deporte, cocina.

Canastas con cajas de galletas y terrazas como vías verdes en un esfuerzo colectivo inimaginable

La ciudad en casa, la vida concentrada entre cuatro paredes y muchas pantallas. Y entre cuatro paredes aprendimos a convivir con el miedo y la incertidumbre, gracias a la imaginación y la colaboración. Madres y padres que daban clases a sus hijos; hijos e hijas que respetaban el tiempo de teletrabajo de sus padres y madres; mayores que sobrellevaron la soledad aprendiendo a hacer video llamadas y conectándose por zoom. Canastas hechas con cajas de galletas colgadas de los pasillos de las casas, terrazas utilizadas como vías verdes para caminar y acumular kilómetros. Un esfuerzo colectivo inimaginable que duró más de tres meses.

Echar la vista atrás supone un ejercicio de memoria y de tomar consciencia de lo que vivimos. Habrá quien querrá hacerlo y entenderá estos meses como un aprendizaje y habrá quien solo querrá olvidar, poniendo todas su esperanzas en un 2021 del que seguramente esperamos más de lo que nos pueda dar, pero ¿qué es la vida sin esperanza?

En un 2021 del que seguramente esperamos más de lo que nos pueda dar

Durante las ruedas de prensa de Pedro Sánchez y su equipo de Gobierno aprendimos que alzar la voz no solo significa hablar más alto, también quiere decir sentirnos con el derecho a manifestar un deseo. Lo vivimos en las medidas de confinamiento cuando diferentes sectores manifestaban su desacuerdo con las medidas. Y lo vivimos de manera colectiva, cuando tras los anuncios de las fases de la desescalada manifestábamos nuestro desconcierto ante medidas que penalizaban a quienes más tiempo llevaban confinados, los niños y niñas. En esos momentos, quizá sin saberlo, alzábamos la voz para hacer visible que seguíamos en el mundo y que no nos dejábamos vencer por él.

Ahora sabemos que colaboración es una forma de poder y liderazgo más eficaz

Ahora sabemos que la ciencia con recursos (con dinero), es capaz de producir avances que pueden (deben) beneficiar al conjunto de la humanidad. Sabemos que la colaboración es una forma de poder y de liderazgo más eficaz (y justa) que el individualismo y la competencia feroz. Las cosas cambian y mejoran cuando visualizamos que la escucha y la colaboración tienen que ver con el poder.

Somos más conscientes si cabe que si las mujeres paran el mundo no funciona. Mujeres protagonistas de los trabajos esenciales: trabajadoras de residencias, cajeras de supermercados y trabajadoras sociales que han sostenido un sistema que las tenía por poco cualificadas, y que ahora las sabe imprescindibles.

Con lo que hemos aprendido vamos a tener que hacer las cosas de otra manera

Sabemos que cuidar y trabajar a la vez ni es sencillo, ni es un chollo. Lo saben las mujeres académicas que, a diferencia de sus homólogos masculinos, han visto reducir sus publicaciones durante este periodo de pandemia, y lo saben las mujeres emprendedoras, las mujeres empresarias, las mujeres trabajadoras que han visto ampliar sus jornadas laborales en un trabajo infinito donde las horas no daban lugar al descanso. Durante meses hemos funcionado con alargadores y varios adaptadores entre los que teníamos que movernos para poder asumir el teletrabajo sin dejarnos distraer por los cuidados.

2020 no ha sido un año fácil, pero con lo que hemos aprendido vamos a tener que hacer las cosas de otra manera. Siempre es mejor no despegarse de las utopías.

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