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Hace 21 años ETA asesinó a Fernando Buesa y a su escolta Jorge Díez. Desde la tarde del 22 de febrero de 2000 eso ya no tiene remedio. El mal mayor que produce el terrorismo permanece desde entonces cargado sobre las espaldas y el alma de sus familias y amigos. Txapote y sus secuaces estarán en la cárcel el tiempo dictado en sus sentencias con las condiciones que prevén las leyes, pero así estuvieran toda su vida eso no es nada comparado con la carga que llevarán siempre consigo quienes querían a Fernando y Jorge.

Pero el terrorismo no es solamente ekintza, es también relato. Hace unos días la portavoz de Bildu en el Parlamento vasco volvía a escurrir el bulto de una condena de ETA escudándose en que el juicio moral del terrorismo depende del relato y que cada quien tiene el suyo. Vaya que si depende, completamente. El asesinato de Díez y Buesa aquel 22 de febrero, como cada atentado, produjo relato desde el primer momento. Lo hubo justificativo por parte de ETA y de quienes se movían en su órbita. Me pregunto si a la portavoz de Sortu le interesará oírlo. Allá va. Buesa era “enemigo de todo aquello que llevara el prefijo (sic) de Vasco”, hizo patente el “odio que tenía a las ikastolas y el euskera” y “trabajó a la sombra de las fuerzas armadas españolas”. Por eso lo mataron. Ese es el relato de ETA. Así de simple y de mendaz.

La única condena válida es la política porque es la única que puede cambiar el relato que ETA empezó a construir nada más asesinar al contrincante político de Otegi


Me pregunto si querrá oír también el relato que produjo el líder de su formación, Arnaldo Otegi. Allá va también. Entrevista con Jordi Évole dieciséis años después, ocasión para pronunciarse. “Se movió algo en términos humanos”…, y punto. Nada de condena política de ETA. Otegi sabía perfectamente que a Buesa lo habían asesinado por ser su contrincante político y que la única condena válida, sobre todo dieciséis años después, es la política porque es la única que puede cambiar el relato que ETA empezó a construir nada más asesinar al contrincante político de Otegi. El mismo Fernando Buesa le dio la oportunidad de hacerlo un mes antes de ser asesinado. 28 de enero de 2000, Parlamento Vasco. El PSE presenta una moción para condenar el asesinato del teniente coronel Pedro Antonio Blanco. Buesa es claro: no se trata de pedirle a ETA que pare, sino que desaparezca. Respuesta de Otegi: “que ETA no actúe no quiere decir en absoluto que haya paz en el País Vasco”. Ahí queda eso. Como la actuación de ETA es irrelevante para que haya paz o no, un mes después Txapote ordena asesinar a al contrincante político de Otegi. ¿Reacción de Otegi? Como decía Sara Buesa, todavía están esperando. El silencio también es relato.

'ETA no, Ibarretxe sí'. Con el mayor descaro posible, esa es la consigna que el PNV hace gritar a sus militantes que en doscientos autobuses se ha traído a Vitoria

El relato de la justificación, el que con palabras y silencio construyeron ETA, EH y todavía hoy Sortu, no fue el único que se activó con el asesinato de Buesa y Díez. Hubo otro que contribuyó de manera notable a la fractura social que se evidenció el sábado 26 de febrero de 2000 y que podríamos llamar el discurso de la comprensión. Vitoria, cinco de la tarde. Arranca una manifestación que debe ser de repulsa y de condena firme y sin quiebros del asesinato del contrincante político de Otegi y del lehendakari Juan José Ibarretxe, quienes siguen aún ese sábado unidos por un pacto firmado año y medio antes en Estella. ETA ha asesinado a su contrincante político por serlo, pero el lehendakari desoye la petición de la familia y el partido de Buesa y decide no acompañarles en dicha manifestación. Monta la suya para mayor gloria de sí mismo. “ETA no, Ibarretxe sí”. Con el mayor descaro posible, esa es la consigna que el PNV hace gritar a sus militantes que en doscientos autobuses se ha traído a Vitoria. Han asesinado, por serlo, al contrincante político de ese Ibarretxe que hará el recorrido de la plaza de la Constitución a la de la Virgen Blanca oyendo corear su nombre y no el de su contrincante asesinado. Y le parecerá bien. Tan bien que ni siquiera fue para esperar a la familia y amigos de Buesa. Los deja plantados y un Javier Rojo lleno de indignación preguntará minutos después, dónde está el lehendakari. El silencio también es relato.

A pesar de los relatos de la justificación y la comprensión Fernando Buesa es, sobre todo, otro relato. El relato de la dignidad

El relato de la comprensión dirá que le parece mal que maten, pero hay también un ataque al nacionalismo que vale tanto como decir al Pueblo Vasco. Misma sesión de 28 de enero de 2000 del Parlamento Vasco. Carlos Garaikoetxea, cuyo partido acabó confluyendo con el de Otegi, responde a la petición de Buesa de condenar el asesinato de Pedro Antonio Blanco. Garaikoetxea, por supuesto, lo condena “sin paliativos”, pero hay un pero: “para los enemigos del nacionalismo vasco, para los que se afanan en encontrar algún modo de dividirnos, éste ha sido un favor impagable.” Así lo vio el PNV también cuando en el funeral por Fernando Buesa el lehendakari, pobre, tuvo que oír a la gente cabreada afearle el pacto con los del discurso de justificación, Otegi y compañía. El dirigente del Partido no se cortó un pelo: los que protestan son agentes del CSID. Es comprensible entonces que el lehendakari no acompañe ala familia y amigos de su contrincante político que acaban de asesinar por serlo, solo por serlo. La ignominia también es relato.

Fernando Buesa, sin embargo, y a pesar de los relatos de la justificación y la comprensión es, sobre todo, otro relato. El relato de la dignidad. Su familia y amigos no fueron a buscar a unos matones para que hicieran a Txapote y sus secuaces lo mismo que habían hecho ellos a Fernando Buesa. Crearon una fundación, la Fundación Fernando Buesa, para pensar, razonar y hablar. El valor de la palabra. Ese su lema.

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