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Las dos vacunas empiezan a surtir efecto. Por un lado, aunque no terminábamamos de creérnoslo cuando se nos anunció, es más que posible que el porcentaje de población inmunizada que anunció el Gobierno para el verano vaya a quedarse corto. En Euskadi, sin ir más lejos, ya hemos rebasado el milón de personas vacunadas, sobre una población total de 2,2 millones. Este hecho alimenta la esperanza de una población fatigada a todos los niveles.

Por otro lado, y también a pesar de que le ha costado despertar, parece que la economía de nuestro país va a rebotar con fuerza, impulsada por la flexibilización de las restricciones, así como por los 27.000 millones de euros que, con cargo a los fondos europeos #NextGenerationEU, se contemplan en los Presupuestos Generales del Estado. Así, la actividad manufacturera y de servicios está en sus niveles más altos desde 2006 y la previsión del incremento interanual del PIB para nuestro páis es la más alta de la Eurozona, 18,30%, siendo 5 puntos más alta que la media.

Habrá que seguir la evolución de este doble proceso de vacunación, pero la posnormalidad está cerca. Será entonces, quizás pasado el verano, el momento en el que los sectores público y privado deberán hacer balance, ajustar sus planes de futuro y rendir cuentas.

 

La pandemia ha igualado a Euskadi con el conjunto del país en algunas cuestiones. Resumiendo mucho, diría que nos ha igualado en infalibilidad y vulnerabilidad, algo lógico en las circunstancias de una pandemia global

 

Centrándonos en el ámbito público, parece lógico que nuestros representantes institucionales se planteen hacer un mini-parón para la reflexión estratégica, particularmente en el nivel municipal. Y es que cuando comenzó la legislatura, allá por el lejano 2019, ningún plan de gobierno local contempló la que se avecinaba y, por tanto, la gestión ha estado inevitablemente dominada por la improvisación, tanto en el terreno de las ideas, como en el terreno económico-presupuestario. Así pues, toca balance y ajuste de estrategia. Y también toca rendir cuentas, lo que no significa en modo alguno buscar culpables. No. Y mucho menos después de las circunstancias que nos ha tocado vivir (y que, aún hoy, seguimos viviendo).

Las dimensiones de la crisis sanitaria y económica han sido tan imprevisibles y, al tiempo, tan gigantescas – solo en Euskadi, el 10% de la población ha estado infectada, han fallecido 4.500 personas y han echado la persiana más de 1.500 empresas –, que no nos merecemos como sociedad comenzar a echarnos los trastos a la cabeza.

En este sentido, son preocupantes algunas de las señales que se emiten desde las tribunas públicas. De hecho, el tono y los argumentos de muchos de los debates que se vienen produciendo en el último tiempo, recuerdan demasiado a esos de los que decíamos que en Euskadi estábamos inmunizados.

Cuando en la última década los diferentes estudios sociológicos venían mostrando el preocupante crecimiento de la desconfianza ciudadana hacia los partidos y las principales instituciones de representación en España, aquí nos sacudíamos la responsabildiad diciendo que eso ocurría como consecuencia de la crispación de la política española, que era un problema “de allí”, pero que eso en Euskadi no ocurría.

 

Quiero confiar en que el verano y las vacaciones que todos necesitamos, servirán como bálsamo para entender que, a pesar de las circunstancias, la discrepancia es sana y necesaria, sobre todo si es educada

 

La pandemia ha igualado a Euskadi con el conjunto del país en algunas cuestiones. Resumiendo mucho, diría que nos ha igualado en infalibilidad y vulnerabilidad, algo lógico en las circunstancias de una pandemia global. Pero desgraciadamente, y a tenor de las dinámicas que se observan en las diferentes instituciones, la asimilación en materia de desafección política también podría estar servida. Desde luego, el debate, particularmente el Parlamento, que es el principal foco del debate público en Euskadi, no invita precísamente al optimismo. Y la sensación de campaña electoral permanente, tampoco ayuda a disipar la desconfianza general en la política. El último Eurobarómetro, publicado en abril, indica que el 90% de la población española desconfia de los partidos, y me atrevo a decir que en Euskadi no somos ajenos a esta realidad. Ya no.

En todo caso – llámemne iluso –, quiero confiar en que el verano y las vacaciones que todos necesitamos, servirán como bálsamo para entender que, a pesar de las circunstancias, la discrepancia es sana y necesaria, sobre todo si es educada. Que el adversario político no es un enemigo y tiene la misma legitimidad que uno para expresar su parecer. Y sobre todo, que rendir cuentas no consiste en buscar culpables y señalarle el camino hacia la horca, sino en hacer un sano ejercicio de autocrítica, formulándose las preguntas adecuadas: ¿Qué hemos hecho mal? ¿Qué hemos hecho bien? ¿Quién y cómo lo ha hecho mejor? ¿Qué estábamos haciendo mal ya antes de la pandemia? ¿Qué debemos hacer para que la próxima crisis (sanitaria, ecológica, económica) no ocasione semejante desgarro?

Necesitamos ver a nuestros representantes hacerse esas preguntas. Necesitamos hacernos esas preguntas. Estas y otras. Y después buscar entre todos alguna respuesta que nos permita sentar las bases para un futuro mejor.

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