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Quedan cuatro días para que acabe la campaña electoral en Madrid. Una campaña electoral dañina y eterna, que se convocó como reacción a una moción de censura mal planificada y mal calculada por parte de Ciudadanos, y que va a suponer la configuración de un nuevo gobierno autonómico en Madrid que llevará al ostracismo a una fuerza política que estuvo a punto de haber sido el socio del primer gobierno de coalición tras la dictadura y a instauración de la democracia.

En este contexto en el que todo se produce de una manera acelerada, las campañas electorales parecieran ser una suerte de liturgia, en la que “el mundo se detiene” y en la que se suceden una serie de pasos que nos hacen entender que entramos en un periodo marcado por la escenificación, la rendición de cuentas y las propuestas: desde la, hasta ahora, tradicional “pegada de carteles”, pasando por los mítines, las entrevistas a los candidatos y candidatas, hasta los debates electorales, donde se visibilizan lo esfuerzos competitivos de los candidatos y partidos políticos para ganar el apoyo del electorado durante el periodo que precede al día de las elecciones.

El grado de polarización de la clase política madrileña, que han pasado de verse como “rivales” políticos a señalarse como enemigos, auguraba una campaña electoral excepcionalmente agresiva

Esta liturgia se ha evaporado en una campaña electoral madrileña atípica y dañina por varias razones: 1. Por inesperada: ni había crisis de gobierno que hiciese necesaria la convocatoria de elecciones, ni se había agotado la legislatura. 2. Por Innecesaria: el Gobierno de Isabel Díaz Ayuso se había constituido en la oposición al Gobierno de Pedro Sánchez, con una gestión de la pandemia diferenciada que le podía permitir continuar su gestión hasta que terminase su mandato. 3. Por polarizada: el grado de polarización de la clase política madrileña, que han pasado de verse como “rivales” políticos a señalarse como enemigos, auguraba una campaña electoral excepcionalmente agresiva.  4. Por ausencia de deliberación. A las limitaciones que marca la pandemia, que dificulta la celebración de mítines masivos, el contacto con la ciudadanía y el paseo de candidatos y candidatas por los barrios y distritos, hay que sumar las amenazas de muerte recibidas y la supresión de los debates electorales por la negativa a debatir con VOX, y la ausencia de Isabel Díaz Ayuso en el debate que terminó por dinamitar la campaña.

Negar a la ciudadanía madrileña la posibilidad de contrastar las candidaturas, es sentar un precedente peligroso en el más que preocupante declive del debate público

Si bien los debates electorales no son la única herramienta de comunicación electoral, sí que es la que más expone a los candidatos y candidatas; mucho más que una entrevista o un mitin. Sin filtros o intermediarios, ciudadanos y ciudadanas pueden compararlos entre sí y medir sus fortalezas y sus debilidades sin que nadie lo haga por ellos. Negar a la ciudadanía madrileña la posibilidad de contrastar las candidaturas, es sentar un precedente peligroso en el más que preocupante declive del debate público.

Una campaña que se ha mostrado dañina para la convivencia, donde la deliberación se ha roto y en la que la polarización política ha caracterizado la puesta en escena de los partidos políticos, augura una microlegislatura de confrontación más que de consenso. Por el bien de todos, qué se les pase pronto.

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