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Hubo un tiempo en el que todos los españoles, vascos, andaluces…, mirábamos con admiración a Cataluña. Cataluña era el modelo de modernidad y progreso que el resto envidiábamos. Paseaban por las calles de Barcelona los mejores escritores del mundo, Vargas Llosa, García Márquez… Era cuando la potente industria editorial hizo de Barcelona la capital mundial del español.

El independentismo catalán nunca ha sabido aceptar el valor universal de la cultura abierta al mundo. A los independentistas, con su visión provinciana y antigua, les parece bien que Barcelona ya no sea la capital mundial del español, que los nuevos escritores latinoamericanos o del resto de España miren hacia otros lugares para progresar. Pero muchos añoramos esa fuerza creadora de la Barcelona plural de aquellos años.

El independentismo ha ido cerrando puertas a lo universal, levantando muros al resto de España y del mundo. Y al final soltó el monstruo del procés. Los independentistas han demostrado, con los recursos de la Generalitat, que saben crear enfrentamiento y división social, pero a la vez que en la gestión de los servicios públicos y en la defensa del bienestar de las personas han resultado ser nefastos. Han utilizado todos sus recursos y fuerzas en romper con España, no en mejorar la sociedad catalana.

El fracaso del procés

Y ahora Cataluña está como está: una sociedad cansada, sin esperanza. El procés ha resultado, además de un gravísimo error, un enorme fracaso. Hoy Madrid con casi un millón menos de habitantes tiene un PIB superior a Cataluña. ¡Quién nos hubiera dicho algo así hace treinta años! Cataluña se parece a un paisaje después de la batalla. Todo ha sido arrasado, solo se mueven los saqueadores buscando un último botín.

Los independentistas no han aprendido nada del fracaso de su procés; se mantienen ensimismados en su realidad paralela e irracional, se han acogido a un dicho muy español “sostenella y no enmendalla”. Cataluña no puede seguir caminado por más tiempo hacia el abismo. Cuando oigo hablar a esos políticos de tercera división que han salido a la luz por abandono, fuga o encarcelamiento de sus jefes, tengo que frotarme los ojos para comprobar que sí, que no es un mal sueño. Que esas locuras irracionales las dicen de verdad.

Los independentistas de Cataluña no son de este mundo, han ido a habitar la sinrazón y la barbarie en un espacio ficticio. Cuesta creer que tanta gente se haya vuelta loca a la vez. Siguen en su espiral de bulos, fantasías y promesas utópicas. Y lo peor, este domingo, seguramente, volverán a ganar. Pero ya no son una propuesta política, son un conglomerado de orates luchando descarnadamente entre sí para mantener su propia supervivencia personal.

Cataluña se parece a un paisaje después de una batalla. Todo ha sido arrasado, solo se mueven los saqueadores buscando un último botín

El domingo por la noche, aunque Illa sea el más votado, no vamos a ver ninguna solución al desastre catalán, solo más ruido. Pero no debemos perder la esperanza, porque esa noche puede comenzar un nuevo tiempo. Un nuevo tiempo que hay que construir de forma laboriosa, tranquila y sin descanso. Y el inicio de ese nuevo tiempo se llama Salvador Illa. En las elecciones pasadas fue Inés Arrimadas la que tuvo la oportunidad, pero, tal vez abrumada por su propio triunfo, se echó atrás. Tuvo su oportunidad que ya nunca volverá a tener.

Esta vez esperemos que Illa tome con decisión la tarea de reconstrucción cívica y social de Cataluña desde la oposición. En la actualidad no se trata tanto de ganar o perder. Se trata de reconstruir internamente Cataluña. De ofrecer a todas las personas marginadas por el nacionalismo un proyecto que puedan compartir. Una propuesta política que recupere la ciudadanía, la mera ciudadanía como soporte de la libertad personal.

Que recupere el valor de las instituciones como intermediadoras entre la ciudad y el poder político. Unas instituciones públicas que dejen de estar secuestradas por la identidad. A partir del lunes Salvador Illa debe construir desde su escaño del Parlamento de Cataluña una propuesta política que nunca más pregunte al ciudadano, ¿Y, tú, de quién eres? Una propuesta que afirme con rotundidad, igual que San Pablo, ya no hay judíos ni gentiles, todos somos miembros de la misma sociedad.

El domingo por la noche puede comenzar a germinar la semilla de una sociedad nueva, que suma la diversidad como innata a la naturaleza humana, que defienda la pluralidad como la garantía de la libertad.

¿Puede Salvador Illa liderar esta tarea de renovación política y social en Cataluña? Yo espero y deseo que sí, para cerrar el tiempo sombrío de los nacionalistas en Cataluña

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