Les confieso que soy un defensor a ultranza de nuestro sabio y amplio refranero. Hay encerrado en él millones de megavatios de sentido común y experiencia que servirían para alumbrar muchas de las soluciones que necesitamos en este momento tan complicado que vive el planeta. Estos días viene a mi cabeza uno de esos refranes que siempre escuchaba de la boca de mis padres, unos de esos miles de gallegos valientes que fueron capaces de luchar contra todas las adversidades para sacar adelante su familia, todo un ejemplo de resiliencia para las generaciones actuales. “Nunca pongas todos los huevos en una cesta”. Me sorprende que una afirmación tan básica y de sentido común como esta no haya sido tenida en cuenta por los estrategas de los principales países y empresas europeas y de medio mundo que en los últimos 2 años han visto como una pandemia, un “tapón” en el Canal de Suez o la reciente guerra de Ucrania ponían en jaque sus cimientos, construidos en décadas de duro trabajo.

La globalización de la economía, esa de la que todos estábamos tan orgullosos y de la que sacábamos pecho en Euskadi cada vez que una de nuestras empresas abría una delegación en otros continentes, tiene también sus problemas y ahora son más patentes que nunca. ¿De verdad que nadie había pensado en Europa hasta ahora que tener una dependencia tan grande del gas ruso podría resultar muy peligroso? ¿De verdad que nadie había pensado en los cuarteles generales de las grandes multinacionales de la automoción que depender de un solo país para obtener los famosos microchips podría parar sus fábricas? Esta misma semana un responsable de un concesionario de una conocida marca alemana de automóviles me contaba que la mayoría de los componentes eléctricos de sus coches se fabricaban en Ucrania y que estoy iba a suponer un retraso aún mayor en la entrega de las unidades a los clientes. Ya lo ven, es evidente que no hemos pensado en esto, o al menos no lo hemos hecho lo suficiente y de aquellos polvos, estos lodos.

 

¿De verdad que nadie había pensado en Europa hasta ahora que tener una dependencia tan grande del gas ruso podría resultar muy peligroso?

 

Hace algunos días en la presentación de la estrategia vasca de economía circular alguno de los asistentes, representante de uno de los clústers vascos, ya aludía a la necesidad de comenzar una desglobalización de nuestra economía y volver a tener circuitos más cortos y más fiables. Es importante que la economía sea circular, pero para que sea circular de verdad ese círculo debe ser lo más cercano posible al origen. Esto es aplicable también para una de las cuestiones que amenaza con provocar una profunda crisis social sino se buscan soluciones urgentes: la energía y su coste. En este aspecto, como en tantos otros, creo que la urgencia no debe nublar lo verdaderamente importante y trascendental. No podemos buscar soluciones rápidas que pasen por una vuelta generalizada y sin fecha de caducidad a los combustibles fósiles, por mucho que les interese a algunas compañías que ya antes de la guerra insistían en seguir prolongando su utilización. Más bien, si hemos llegado a situaciones como la que nos encontramos es porque no hemos hecho los deberes en la materia ni en Europa, ni en España, ni en Euskadi. Nos llenamos la boca al hablar de la importancia de las energías renovables pero no las hemos impulsado lo suficiente, con graves errores en nuestro país como el nefasto “impuesto al sol”  del ministro Soria.

 

No podemos buscar soluciones rápidas que pasen por una vuelta generalizada y sin fecha de caducidad a los combustibles fósiles, por mucho que les interese a algunas compañías que ya antes de la guerra insistían en seguir prolongando su utilización

 

Euskadi tiene una dependencia energética del 90%, una auténtica barbaridad que supone una amenaza continua para nuestra economía en situaciones de crisis como la que estamos viviendo. En España, aun siendo muy alta, es del 68%. Y mientras, llevamos más de 16 años sin instalar ni un solo aerogenerador en nuestro territorio. Un dato totalmente incomprensible y del que todos debemos realizar nuestra propia autocrítica, sobre todo cuando en la actualidad producimos con nuestra energía eólica 153 MW y el objetivo es generar al menos 730 MW para 2030. Una vez más estamos ante el espejo de nuestras contradicciones, no nos importa consumir energía de combustibles fósiles que viene de otros países y que deteriora nuestro entorno cada vez que la utilizamos, pero somos incapaces de ponernos de acuerdo para instalar molinos de viento en nuestros campos. Esto es insostenible y no puede seguir así, necesitamos acuerdos y consenso para seguir impulsando nuestras energías renovables, basta ya de hipocresía energética. Si hemos llegado a acuerdos en otras materias, como lo acabamos de hacer en la reforma educativa, no me creo que no sea posible llegar a un gran acuerdo en este tema.

No se trata de construir una autonomía energética con combustibles fósiles, porque eso sería hacerse trampas en el solitario, así que ya vale de recordar y sacar a la palestra cada poco tiempo lo que se podría haber hecho con el gas del subsuelo alavés de Subijana y centrémonos en las energías alternativas de verdad como la eólica y la del hidrógeno. Porque, como bien decía el presidente de la mayor planta de hidrógeno que se plantea ubicar en España, “se trata no sólo de seguridad energética sino de contribuir a la descarbonización de la economía”. 

 

Euskadi tiene una dependencia energética del 90%, una auténtica barbaridad que supone una amenaza continua para nuestra economía en situaciones de crisis como la que estamos viviendo

 

Cuanto antes actuemos, antes podremos comenzar a solucionar los desorbitados precios del gas y el petróleo que están afectando de manera directa a todos los hogares y empresas vascas, especialmente a las que tienen un proceso productivo con alta demanda de energía. Cada vez es más frecuente ver como paran empresas siderúrgicas como Arcelor Mittal  o la ACB de Sestao o comprobar las paradas en la producción de la principal fábrica de Euskadi, la alavesa de Mercedes Benz, por la falta de suministros. Las consecuencias de concentrar todos los “huevos en una sola cesta” estamos también sufriéndola los consumidores con la escasez de algunos productos como el aceite de girasol o las repercusiones de la huelga de transportes, por la espectacular subida del precio del gasoil. Esta presión tan desmedida puede tener el riesgo que comentábamos de buscar atajos lejos del Green Deal europeo. No nos olvidemos, cerca de nosotros tenemos la solución, por ejemplo medio litro de agua de mar tiene la misma energía que un litro de petróleo y, lo que es aun más importante, 0 emisiones. La urgencia nunca puede justificar un retroceso en nuestra hoja de ruta de verde, hay mucho en juego como para dejarnos engañar por cantos de sirena. Que las cestas de nuestros huevos sean de Km0 y construidas con energías renovables. Y terminemos con otro refrán, “date prisa pero no corras”.