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El ministro de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, José Luis Escrivá, ha presentado esta semana en la comisión parlamentaria del Pacto de Toledo un paquete de medidas dirigidas a retrasar la edad de jubilación. Entre ellas una penalización de las jubilaciones anticipadas mediante un incremento de los coeficientes reductores y un cheque de hasta 12.060€ por cada año que se retrase la jubilación.

Cualquiera diría que el auténtico problema del mercado laboral español y de la sostenibilidad de las pensiones se encuentra en que quienes tienen 66 años se jubilen a los 67. Ojalá fuera así de simple. Sin embargo, para entender dónde radica exactamente el problema debemos mirar a dos aspectos clave que perfilan nuestra realidad actual: la obsolescencia de un modelo económico de endebles cimientos que no estaba construido para perdurar y la precariedad vital instalada en una generación completa.

 

Cualquiera diría que el auténtico problema del mercado laboral español y de la sostenibilidad de las pensiones se encuentra en que quienes tienen 66 años se jubilen a los 67. Ojalá fuera así de simple

 

La pandemia ha demostrado, una vez más, la problemática estructural del modelo económico español donde todos los huevos se han depositado en la cesta del turismo y el ladrillo. Un modelo que incluso en los años de gran crecimiento económico no evitaba la persistencia de tasas de pobreza cercanas al 20% y los aumentos de las desigualdades sociales. Mientras el peso del sector industrial en España era un 28% inferior que el de la media de la Unión Europea en 2019, la industria del turismo suponía el 12,3% del PIB español -frente al 8% de Portugal, el 7,4% de Francia o el 3,9% de Alemania- y aglutinaba el 12,7% de todos los puestos de trabajo.

Es bien conocida la precariedad y la inestabilidad instalada en el mercado laboral del sector turístico, donde el salario medio es un 17,4% inferior al de otros sectores, tienen un mayor peso los contratos temporales y las jornadas parciales y su atomización dificulta a los y las trabajadoras poder negociar unas condiciones de empleo dignas. Esta apuesta por ofrecer vivienda, playa y fiesta a buen precio europeo junto a una reforma laboral impuesta por organismos internacionales tuvieron como resultado la liberalización del mercado laboral, impregnándolo de inestabilidad y precariedad, incrementándose la contratación temporal y reduciéndose los salarios (consecuencias que aún hoy seguimos sufriendo).

Las personas jóvenes, quienes tenemos salarios hasta un 40% inferiores en comparación con las adultas, hemos sido las grandes perjudicadas de todos y cada uno de los golpes recibidos: un 40% de desempleo, la tasa de emancipación más baja desde el año 2001 y un presente -y futuro- cargado de incertidumbre.

 

La pandemia ha demostrado, una vez más, la problemática estructural del modelo económico español donde todos los huevos se han depositado en la cesta del turismo y el ladrillo

 

Entonces, ¿pasa la solución por retrasar la edad de jubilación de quienes tienen 66 años mientras las personas jóvenes no podemos acceder a un empleo? No… a no ser que el objetivo sea parchear una herida que acabará por desangrarnos. Y es por ello, para no repetir dinámicas que acabarán por llevarnos al abismo, que el objetivo debe pasar por cambios profundos de mirada larga que consigan marcar la economía de las próximas décadas.

Nos encontramos inmersos en una época de oportunidades y condiciones favorables para afrontar una modernización de la economía que permita dejar atrás viejos fantasmas y ofrecer aire fresco y un futuro de progreso económico y social. Pero para ello es necesario abandonar la inercia y el conservadurismo que han dominado las decisiones políticas de las últimas décadas (tanto por parte del Gobierno central como del Gobierno de Euskadi). En este sentido, los fondos europeos son una gran oportunidad para modernizar nuestra economía, redirigir nuestro modelo productivo hacia los sectores que vayan a marcar el futuro y avanzar hacia la reconstrucción económica y social.

 

Para que no repitamos los errores del pasado es necesario ofrecer a la juventud la posibilidad de tener voz a la hora marcar las líneas a seguir durante las próximas décadas

 

Debemos actuar para que la reorientación de la economía permita dar respuesta a los retos que, como sociedad, debemos afrontar en el siglo XXI tanto en lo económico y ecológico como en lo social. Es la propia evolución de la economía la que nos está obligando a resituar sectorialmente nuestra industria y a alinearla con las nuevas realidades, pero para realizarlo de una forma óptima necesitamos que, además de la colaboración entre lo público y lo privado, abramos el debate a la sociedad. Un debate que tradicionalmente se ha dado en pequeños círculos con expertos y empresas de cabecera pero que hoy más que nunca necesita nutrirse del enorme talento joven con el que contamos.

Para que no repitamos los errores del pasado es necesario ofrecer a la juventud la posibilidad de tener voz a la hora marcar las líneas a seguir durante las próximas décadas ya que de estas decisiones dependerá nuestro futuro. La precariedad laboral y las constantes devaluaciones salariales -asociadas al cada vez mayor peso del sector servicios- han tenido como resultado que los salarios de las personas jóvenes sean hoy en día hasta un 50% más bajos que hace 40 años. No necesitamos ningún “cheque Escrivá” y que nuestros mayores nos ayuden a pagar el alquiler, sino una apuesta decidida por modernizar nuestro tejido productivo de forma que abra una nueva ventana de oportunidades y nos permita construir nuestro proyecto de vida siendo competitivos por arriba y no por abajo.

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