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Los movimientos del tablero geopolítico no podrían entenderse sin los intereses económicos que ostentan las potencias mundiales capaces de desequilibrar el orden mundial. Son ellas, y solo ellas desde sus despachos presidenciales, quienes deciden dónde poner la próxima chincheta. Sí, tal y como ocurre en el popular juego de mesa “Risk”, posiblemente el juego de estrategia y táctica más conocido y cuyo nombre inicial fue, precisamente, “La Conquête Du Monde” -la conquista del mundo-. ¿No es ése, pues, uno de los objetivos de la geopolítica? Ser capaces de proteger nuestros intereses nacionales mientras, paralelamente, ejercemos influencia económica y militar a nivel internacional.

No hay duda de que lo primero que provocaría una posible guerra entre Rusia y Ucrania, por limitada que ésta pueda ser, sería una importante subida de los precios tanto del petróleo como del gas. Especialmente, en Europa. Rusia suministra alrededor del 30% del petróleo de Europa y el 40% de su gas natural, que se vería interrumpido en caso de conflicto. De hecho, la reserva de gas en Alemania ya se encuentra en un nivel “preocupante”, según el propio Ministerio de Economía y Clima alemán. Actualmente sus reservas están por debajo del nivel crítico del 40% -en torno al 35%- y la pregunta sobre si estas reservas serán suficientes para lo que queda del invierno alemán resuena ya desde hace semanas en Berlín. En cuanto al petróleo, y según la consultora JP Morgan, una escalada en el conflicto podría derivar en la interrupción en el suministro de 2,3 millones de barriles de petróleo al día por parte de Rusia, incrementando el precio del barril hasta los 150 dólares.

 

La economía vasca también sufrirá los efectos de este conflicto. Evidentemente, si el conflicto se exacerbara, las exportaciones que Euskadi realiza a Rusia -229,3 millones de euros- se verían afectadas directamente

 

Este asunto cobra todavía más importancia viendo la crisis inflacionaria que estamos viviendo actualmente y que nos hace recordar los momentos vividos en las décadas de los 70 y los 80. Y es que, si los precios de la energía y del gas siguieran aumentando, tendríamos como consecuencias directas una reducción en el ritmo de la actividad económica y una ralentización del crecimiento económico mundial.

Las cadenas de suministro tampoco serían inmunes a un posible conflicto o a las sanciones contra Rusia. Los últimos informes calculan que Rusia exporta alrededor del 49% del níquel mundial, el 42% del paladio, el 26% del aluminio o el 13% del platino. Como consecuencia, podríamos sufrir un gran incremento en el precio de bienes básicos como utensilios de cocina, mobiliario o teléfonos móviles.

La economía vasca también sufrirá los efectos de este conflicto. Evidentemente, si el conflicto se exacerbara, las exportaciones que Euskadi realiza a Rusia -229,3 millones de euros- se verían afectadas directamente, además de las plantas tanto productivas como de distribución de empresas vascas que se encuentren en Rusia o -en menor medida- en Ucrania. Pero más allá de este impacto directo, un cierre del suministro del gas por parte de Rusia implicaría un incremento en el precio del gas ya que, recordemos, un 40% del gas importado a Europa proviene de Rusia. Es decir, si Rusia cierra el grifo del gas a Europa, y aunque el gas que se importa a Euskadi no provenga de Rusia, los consumidores europeos querrán seguir consumiendo la misma cantidad, la oferta será inferior a la demanda existente y, como consecuencia, el precio del gas incrementará sustancialmente. Este incremento en los precios, sumado a la crisis por la falta de materias primas, afectaría directamente a las exportaciones que desde Euskadi realizamos a los países europeos, pudiendo ralentizar el crecimiento previsto también en el año 2022.

 

Si Rusia cierra el grifo del gas a Europa, los consumidores europeos querrán seguir consumiendo la misma cantidad, la oferta será inferior a la demanda existente y, como consecuencia, el precio del gas incrementará

 

Por lo tanto, podemos apreciar que son Rusia y la Unión Europea quienes más de lleno sufrirían las consecuencias económicas del conflicto. Sobre todo, las consecuencias derivadas de la falta de suministro del gas y de las sanciones que se podrían imponer a Rusia. Por el contrario, es Estado Unidos el único actor que podría sacar algún beneficio económico, al menos, a corto plazo. Aun así, cabe señalar que un alza en los precios a nivel mundial podría también ralentizar su crecimiento a medio plazo. Veremos cómo acaba la partida y quién descubre primero sus cartas. Porque entre tanto envite y órdago que solo sirve para que mayores halos de misterio y grandeza rodeen a ciertas figuras internacionales, lo que está claro es que, más allá de las tácticas geopolíticas, a la ciudadanía y a la economía real de nuestro entorno no beneficia en nada un conflicto bélico.

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