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La desafección política es como el personaje de Voldemort de Harry Potter a quién nadie quiere nombrar pero que todo el mundo sabe qué está ahí.‘Aquello que no debe ser nombrado’ hace referencia al miedo a que la
desafección política acabe devorando a la democracia en forma de populismo o sistemas autoritarios.

Si bien en el ámbito de la ciencia política, las causas de la desafección están bastante estudiadas, dar con las soluciones que la reviertan de manera que la ciudadanía vuelta a conectarse con los partidos políticos, parece más complicado. Son varias las causas de la desafección política y no todas aplican por igual: por un lado tendríamos el paulatino incremento de desinterés por la política, por otro lado, la percepción de que política es tan complicada que la gente “como yo” no puede entender lo que pasa, o la sensación de que la clase política no se ocupa del bienestar de los ciudadanos, son alguna de las más comunes.

 

La desafección política es como el personaje de Voldemort de Harry Potter a quién nadie quiere nombrar pero que todo el mundo sabe qué está ahí

 

En nuestro contexto más cercano, sin embargo, conviven, aunque parezcan contradictorias, una mejora del interés por la política, basta con ver las parrillas de televisión donde abundan los espacios de opinión política, con una intensificación de la distancia hacia una clase política a la que la gran mayoría de la población percibe como desconectada de las circunstancias de la ciudadanía común. De esta manera parece que concita más atención el espectáculo de la política, que el interés por los temas de fondo que determinan el día a día de los ciudadanos y las respuesta a un futuro que se percibe plagado de incertidumbres al que parece que no sabemos como enfrentarnos.

En este momento de la historia en que la confianza en políticos, periodistas y el poder judicial está disminuyendo, es útil señalar algunas excepciones llamativas en esta tendencia y que pueden servir de inspiración a la hora de responder a la desafección. Tal y como hemos vivido durante la pandemia, la gente respeta y confía en personal médico y de enfermería hasta el punto de que tal confianza trasciende cualquier brecha política y cultural, da igual el
espectro político en el que nos ubiquemos, la confianza en las personas sanitarias diríamos que es absoluta.

 

Concita más atención el espectáculo de la política, que el interés por los temas de fondo que determinan el día a día de los ciudadanos

 

Esto se debe, a que tal y como explica William Daves en ‘Estados nerviosos’, la mortalidad y la vulnerabilidad son cualidades intrínsecas de la condición humana, que además de miedo y sospecha, provocan solidaridad y una experiencia compartida. La medicina se ha ganado la confianza, que en momentos de la historia no tuvo, por los palpables beneficios individuales y sociales que la medicina ha sido capaz de aportar al bienestar individual y colectivo.

Podríamos preguntarnos, si para recuperar la confianza de la ciudadanía y poder enfrentarnos al Voldemort de la desafección con la certidumbre de poder derrotarlo, bastaría con que la clase política, tal y como ha hecho la sanidad o la ciencia, sea capaz de mostrar a la ciudanía cómo las políticas públicas son eficientes y consiguen beneficios individuales y colectivos. Para eso necesitamos planificación (mirada de largo plazo) y evaluación (saber lo que funciona y lo que no), y dejar atrás la política revanchista más preocupada por derogar lo que hicieron los anteriores, que por sentar las bases de un suelo común que contribuya a encontrar soluciones a un mundo plagado de incertidumbres.

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