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Esto del virus debe atacar de forma especial la mente de algunos políticos. Estamos viendo cosas que nunca antes habríamos imaginado. Cosas raras, muy raras. No sabíamos qué era. No estábamos preparados. De acuerdo, podemos entender la improvisación y descontrol del principio. Pero han pasado muchas cosas.

En Euskadi comenzamos fuertes, el lehendakari Urkullu declaró la emergencia sanitaria y asumió la “dirección única” el día 13 de marzo. Lo normal es que un decreto firmado el día 13 entre en vigor al siguiente con la publicación en el boletín. Tal vez mosqueado de que se le adelantara el presidente del Gobierno Sánchez, este decreto entró en vigor en el momento de su firma y ordena: “Publíquese en el Boletín Oficial del País Vasco para su general conocimiento”. ¡Eso sí que es autoridad! Y, efectivamente, el día 14 de marzo se publicaron los dos decretos, el del lehendakari, que había entrado en vigor la víspera, y el del presidente declarando el estado de alerta, que entraba en vigor en el momento de su publicación.

Durante unas horas, el lehendakari fue dirección única hasta que el presidente al día siguiente se declaró “mando único” y el lehendakari se enfadó. Y comienza un debate político que fuerza el lenguaje a lo superlativo y a la desmesura.

Los primeros son los nacionalistas, claro. Pero con un lenguaje más clásico. El Gobierno vasco denuncia un “155 encubierto” y Torra habla de “confiscación”. A la consejera Tapia todo le parece excesivo, el Gobierno central quiere asfixiar a la economía vasca. ¿Se acuerdan ustedes?

El Gobierno central vislumbra la ocasión para hacerse ver en todas las comunidades autónomas y saca al ejército 'a pasear'. Son bien recibidos en todos los territorios menos en las aldeas galas de Cataluña y Euskadi. ¡Hasta ahí podíamos llegar, pidiendo al ejército español que nos ayude! En una situación tan dramática, con cientos de muertos diarios, rechazar una ayuda gratuita no era muy decente. Entre nosotros se buscó una solución salomónica: dejar entrar al ejército en Euskadi, pero poco. Y en contrapartida se puso unos días a algunos ertzainas a desinfectar locales, porque, al fin y al cabo, nosotros ya tenemos a los nuestros.

En una situación tan dramática, con cientos de muertos diarios, rechazar una ayuda gratuita no era muy decente.

Nada nuevo bajo el sol, los nacionalistas criticando al Gobierno central. Pero esta vez hay algo nuevo, un nuevo actor/actriz sale a escena. Una mujer joven, desconocida, que accede a la Presidencia de la Comunidad de Madrid, coge el oso y el madroño como santo y seña y se lanza, cual Agustina de Aragón, a atacar al Gobierno. Mezcla la defensa nacionalista del territorio con un lenguaje 'trumpiano' del neoliberalismo más estridente. Es una histrión que rompe todas las reglas políticas. Ofrece cada día un nuevo espectáculo y aviva la crítica e insultos al Gobierno de Sánchez es su guía.

Es impagable la imagen de la presidenta en la catedral de la Almudena, sola, toda de negro, con sus chorretones de 'rímel' corriéndole por las mejillas. Y allí estaba el cámara para enseñar a todos los madrileños el dolor profundo de la presidenta. Solo esa escena merece un Goya.

Aplausos en los balcones

Vivimos el confinamiento como habitando un país desconocido y extraño, mientras el ruido político aumentaba y el presidente Sánchez nos daba su sermón paternalista semanal. El común de la gente se puso a aplaudir en los balcones porque era lo único conocido en la vida anterior. Eran tiempos de duermevela y sueños en el que fuimos aprendiendo un montón de palabras nuevas, “aplanar la curva”, “desescalada”, “confinamiento”, como si el pronunciar los nuevos vocablos nos diera la magia para dominar de verdad al maldito virus.

Vivimos el confinamiento como habitando un país desconocido y extraño, mientras el ruido político aumentaba y el presidente Sánchez nos daba su sermón paternalista semanal.

 

Al terminar el confinamiento, el presidente Sánchez, que recibió todas las críticas y de todos, pasó a otra fase y se inventó la “cogobernanza”, como diciendo para sí, “a ver que tal lo hacéis vosotros”. Y, claro, al principio era la gran alegría de los cronopios entre los presidentes de las comunidades autónomas. “Ahora mandamos nosotros” pensaron. Al final la cogobernanza ha dejado al desnudo no la capacidad y el autogobierno de los territorios, sino su impotencia. La imposibilidad de cooperación y acuerdo. Terreno fértil para esta 'Agustina de Aragón' que, sistemáticamente, ha utilizado esa posibilidad para atacar al Gobierno en términos que ni los nacionalistas se han atrevido.

Desde el inicio, el PP de Pablo Casado ha hecho una apuesta clara que aún mantiene: “La pandemia y, sobre todo, la crisis que vendrá después, se llevará al gobierno socialcomunista por delante”. Frente a esto, Pedro Sánchez hace otra visión igual de rotunda: “Saco un presupuesto y me garantizo la legislatura”. Eso sí, con un actor secundario que busca protagonismo y no pierde la ocasión para morder los tobillos de su socio en la Moncloa.

Al final la cogobernanza ha dejado al desnudo no la capacidad y el autogobierno de los territorios, sino su impotencia

 

Y comienza la negociación presupuestaria, que más ha parecido una subasta de zoco árabe. Las palabras han dejado de tener significado, solo cuenta lo rotundo de sus sonoridad. No me dirán que no es estrambote Arnaldo Otegi clamando que el voto del sí a los PGE es el primer paso a la república vasca independiente. Y qué me dicen de la armonización fiscal. No debiera sorprendernos que el PSOE lo plantee, al fin y al cabo es algo que 'sotto voce' casi todos los barones del PP y el PSOE estaban pidiendo, lo inaudito es que lo exijan los nacionalistas de ERC.

Es, seguramente, la enmienda que más va a impactar en la política inmediata española. Y por supuesto, 'Agustina de Aragón' ha saltado de inmediato erigiéndose en la peor pesadilla de los armonizadores y definiendo Madrid como el paraíso de la libertad. Ya dejó escrito Berlin que la libertad de los lobos era comerse a las ovejas, pero de esto hablamos otro día. Por ahora estamos viendo que el presidente Sánchez, confiado, espera el heraldo que le anuncie que los PGE han sido aprobados. ¿Qué va a pasar después? Creo que nadie lo sabe.

Nota final: Seguramente lo más esperpéntico, que la mente más calenturienta no habría sido capaz de imaginar hace diez años, fue ver a la derecha y ultraderecha bramando “Libertad, libertad” en el Congreso.

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