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Aves enjauladas, de Rozalén./ CV
Aves enjauladas, de Rozalén./ CV

Según todos los expertos y las evidencias, estamos entrando en un momento especialmente grave de la pandemia, probablemente el más grave por la conjunción de la variante londinense y las fiestas navideñas. Que pasaremos un enero y febrero malos parece cantado. Sin embargo, deberíamos ir ya pensando en el momento posterior a la pandemia, cuando esta primero afloje ostensiblemente y luego se acabe convirtiendo, ya dentro de unos años, en una especie de episodio catarral.

Necesitaremos una desescalada social que nos vaya devolviendo a una normalidad que, seguramente, también mute, como el virus, respecto de la que conocimos en la era pre covid. Quien más quien menos todos hemos pensado cómo será ese momento que tiene visos de parecerse mucho a una “primera vez”. ¿Se acuerdan de la última vez que saludaron a alguien estampándole dos besos, uno por mejilla, estrechando una mano o abrazando? ¿Han pensado a cuánta gente han conocido con mascarilla y a los que no les han visto la cara? ¿Recuerdan una conversación a treinta centímetros de la otra persona no conviviente?

¿Se acuerdan de la última vez que saludaron a alguien estampándole dos besos, uno por mejilla, estrechando una mano o abrazando?

El sociólogo Anthony Giddens decía que las sociedades modernas se caracterizan por una progresiva desteatralización de las personas: en la medida en que el Estado moderno fue igualando a los individuos (tarea ardua), ya el marqués no tenía que parecerlo todo el rato y en toda relación social, el eclesiástico no estaba amparado por un fuero particular o el artesano no tenía que someterse a ritos de iniciación. Esa despersonalización de los actores sociales para convertirse en meros individuos, decía Gidddens, conllevó también una consolidación de dos momentos muy marcadamente contrapuestos: confinamiento y exposición. Hay relaciones que se dan en confinamiento y otras que requieren la exposición. No siempre fue así: por ejemplo, el sexo no era en la Edad Media algo tan privado (confinado) como nosotros lo entendemos regularmente, como lo era ir al baño. Es propio de la modernidad esa diferenciación entre confinamiento (ahí, por ejemplo, el sexo, o la conversación profesional entre abogada y cliente) y exposición (la política es el mejor ejemplo, pero también entrarían una clase escolar o universitaria o una huelga).

Uno de los problemas que nos ha generado la pandemia tiene que ver con un trastoque sin precedentes en el equilibrio entre confinamiento y exposición porque buena parte de las relaciones que deberían darse en exposición o se han cancelado o se han mutilado o, en otros casos, se han confinado. Durante meses vimos esto a diario en el Congreso de los diputados o en manifestaciones que parecían más que una masa protestando (que es de lo que se trata) un sumatorio de individuos aislados. Pero quizá donde más efecto ha tenido ha sido en esas relaciones que constituyen realmente la sociedad y que son las más cotidianas. Viajar, profesionalmente o por gusto, asistir a eventos, reuniones, conferencias, grupos de trabajo y allí conocer a gente a la que se saluda con un apretón manos, un abrazo, dos besos, con la que se puede hablar 'en corto'… se ha transformado en una teleconferencia en la que lo que impera es el confinamiento de la relación social.

Llegará (y pronto) el momento en que quememos las jaulas, pero entonces tendremos que saber cómo reconstruir esos espacios de exposición que durante dieciocho meses hemos confinado

Como dice la canción de Rozalén, llegará (y pronto) el momento en que quememos las jaulas. Pero entonces tendremos que saber cómo reconstruir esos espacios de exposición que durante dieciocho meses hemos confinado. Como el enfermo que olvidó andar y tiene que aprender de nuevo, deberemos volver a ocupar los espacios de exposición y no será fácil. Habrá miedo (¿cómo reaccionaremos ante la primera mano tendida o la boca que se acerca?), habrá un conflicto entre viejas y nuevas costumbres sociales, incluso habrá nuevas formas de pudor. Aunque quememos las jaulas, tendremos que hacer realmente un esfuerzo por salir de ellas, por volver a establecer los espacios de confinamiento y de exposición. Las sociedades modernas se conformaron en un largo proceso en el que se dirimieron esos espacios, pero, como muestra justamente la historia, no se trata de códigos normativos sino de convenciones sociales, así que no habrá que tener ningún miedo a quemar las jaulas.

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