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Si hoy alguien osa hablar de España como una nación de naciones, como un espacio plurinacional o algo similar, ya tiene, como mínimo asegurado el levantamiento de ceja de unos, el reproche como anticonstitucionalsita de otros y la amenaza de ilegalización de los de más allá. Si hoy alguien osa hablar en Cataluña o en Euskadi de cualquiera de ellas como un espacio plurinacional ya tiene, como mínimo, colgado el sambenito de fascista o botifler, a un comando de los CDR dando la tabarra (en el mejor de los casos) o alguna pintada que deje claro que se trata de un “españolista”, lo peor que se puede ser en Euskadi.

Sin embargo, si echamos una mirada para ver cómo ha ido quedando el patio en los cuarenta y tres años (¡cómo pasa la vida!) que llevamos de la primera constitución española que reconoce la autonomía como derecho (la de la segunda república incorporaba la autonomía, pero no como un derecho), el panorama es instructivo. Como es sabido, la constitución no dice cuáles deben ser las comunidades autónomas, precisamente porque la autonomía se entiende un derecho dispositivo que, a diferencia de los fundamentales, son, por decirlo así, de uso o invocación voluntaria. El título VIII de la Constitución es, pues, un instructivo para crear comunidades autónomas cuyo resultado fueron las diecisiete más dos ciudades que conocemos desde los años ochenta (los noventa para Ceuta y Melilla).

En doce comunidades la identificación histórica es determinante para definir su condición y una mayoría de ellas se consideran expresamente “nacionalidad”.

Lo interesante es ver hacia dónde han ido derivando estas comunidades en uso, justamente, de su derecho dispositivo a la autonomía. Tras pasar por diferentes reformas de las que muy pocas han prescindido, España ha quedado conformada, según se definen a sí mismas las comunidades autónomas, del siguiente modo: ocho nacionalidades históricas (País Vasco, Cataluña, Galicia Aragón, Valencia, Islas Baleares, Canarias y Andalucía); una comunidad foral (Navarra); tres comunidades históricas (Cantabria, Principado de Asturias y Castilla-León); cuatro comunidades autónomas (Madrid, Murcia, Extremadura y Rioja); una región (Castilla-La Mancha) y dos ciudades que se reconocen por su nombre (Ceuta y Melilla). Es decir, que en doce de ellas la identificación histórica es determinante para definir su condición y una mayoría de ellas se consideran expresamente “nacionalidad”.

Se diría, pues, que España ha avanzado más bien en la línea de la plurinacionalidad. Cuando se pergeñaba esta novedad rigurosa de las comunidades autónomas en nuestra historia constitucional, allá por 1977-1978, se hablaba con naturalidad del carácter compuesto de España, tanto a derecha como izquierda. Bien es cierto que la mayoría de los discursos entonces daban por hecho que la autonomía iba a ser cosa de tres (Cataluña, País Vasco y Galicia), con un sistema descentralizado en el resto. Por ello se miraba con un ojo al mapa de España y con otro al de Italia, con sus cinco regiones de “estatuto especial” que, a su vez, se habían inspirado en la constitución española de 1931.

A través de diversas reformas estatutarias, España ha ido apuntando hacia la plurinacionalidad ahora mayoritaria

Por ello tiene, creo, aún más interés constatar que no solamente la autonomía finalmente se generalizó en el debate constituyente (con sus distintas modalidades de acceso), sino que, a través de diversas reformas estatutarias, España ha ido apuntando hacia la plurinacionalidad ahora mayoritaria. ¿Cuál es entonces exactamente el problema para que este hecho se traslade a una reforma constitucional y se reconozca España en las Españas?

Téngase presente que las Españas, en plural, nos acompañan en nuestra historia constitucional desde los inicios. Para significar la España europea y la americana en 1812, colando como de rondón en el discurso público que la ley de Fueros de 1839 era un “acta adicional” a la constitución o que la ley navarra de 1841 era una “ley paccionada”. Un bien conocido mapa de 1852 lo recogía mostrando las diferentes Españas concebibles entonces: la España foral (País Vasco y Navarra), España asimilada (territorios de la corona de Aragón), España uniforme (todo lo demás) y la España colonial (Cuba, Puerto Rico y Filipinas). Las Españas fue también referencia del federalismo y del primer nacionalismo catalán, el de la nacionalitat catalana.

Hay otra tradición de las Españas, la que se refirió a dos nada más, la buena y la mala. En esas andan indepes catalanes, abertzales vascos y voxistas españoles

Esa es la tradición de las Españas que puede ser interesante rescatar, si es que nos hace falta pedigrí o background histórico para establecer algo que parece de sentido común y, sobre todo, bastante inevitable a juzgar por la evolución de las propias comunidades autónomas españolas. Hay otra tradición de las Españas, la que se refirió a dos nada más, la buena y la mala, la católica y la hereje, la nacional y la roja. Sistema binario que no conduce a nada bueno y que hoy se diría reencarnado precisamente en esos nacionalismos a los que les salen granos nada más oír que en su espacio de dominio hay más identidad nacional que la suya. En esas andan indepes catalanes, abertzales vascos y voxistas españoles. Yo me quedo con las otras Españas y me reivindico plurinacional.

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