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Uno de los primeros dogmas en abolirse durante el transcurso de la pandemia ha sido otorgar al contagio por superficies, y en general por contacto, el mismo grado de relevancia o incluso más que la transmisión aérea. Todavía recuerdo con mucha nitidez, como hace un año, al flexibilizar el confinamiento estricto y permitir controladamente las primeras salidas al exterior, teníamos todos una enorme preocupación por evitar contagios tras tocar cualquier objeto, y no digamos ya personas. Las bolsas de la compra eran objeto de limpieza extensa, la ropa de lavaba repetidamente, los zapatos se dejaban en el exterior de los domicilios, las calles se fumigaban sin saber muy bien con tipo de detergentes, en fin, todo valía si el fin último era desinfectar a cualquier precio.

Recuerdo también perfectamente mi incursión exploratoria en un gimnasio allí por el mes de junio del 2020, en la que pude comprobar como la mayor parte de los allí congregados no llevaban la mascarilla puesta al realizar ejercicio aeróbico o en el momento de completar actividades de fuerza, pero si en cambio había hasta 2 o 3 interrupciones de 30 minutos para sacar a todos los presentes y desinfectar hasta la extenuación máquinas y mancuernas. Una situación que me atreví a trasladar a los responsables, que se afanaron a recordarme que cumplían perfectamente la normativa vigente.

 

Los aerosoles cargados contagian del virus y lo hacen preferentemente en espacios cerrados, mal ventilados y con gente susceptible

 

Meses después podemos afirmar que hemos limpiado, aclarado y desinfectado por encima de nuestras posibilidades para generar una falsa sensación de seguridad. Si bien no puede afirmarse que el riesgo sea cero, lo cierto es que no tengo documentado científicamente ningún caso de contagio por contacto de superficies hasta el momento. Dicho esto, cabe reiterar que el lavado de manos, directamente con jabón, es una medida necesaria y por cierto higiénica fundamental por encima de coyunturas pandémicas como la actual.

Pero donde hay un gran protagonista, también suele haber un gran silenciado. En este caso, el gran vector o mecanismo de transmisión que ha recibido poca atención hasta no hace mucho, y que ha podido estar implicado en miles y miles de infecciones evitables ha sido el contagio aéreo vía aerosoles, diminutas partículas cargadas con virus que podrían penetrar hasta las vías respiratorias inferiores.

 

Meses después podemos afirmar que hemos limpiado, aclarado y desinfectado por encima de nuestras posibilidades para generar una falsa sensación de seguridad

 

Esta semana se han publicado un conjunto de artículos científicos que defienden la relevancia de los aerosoles en la transmisión del SARSCoV2. Quizá el más interesante ha sido en el que a un enfermo con COVID19 leve se le pidió conducir un vehículo durante 15 minutos, sin mascarilla y con las ventanas cerradas. La hipótesis consistía en que estando en su pico de infectividad pudiera liberar con la respiración aerosoles cargados de virus que se mantendrían flotantes en el aire. Con mucha destreza los investigadores consiguieron a partir del “aire contaminado” cultivar el virus, demostrando por una parte que el virus transportado en estas esferas microscópicas es biológicamente activo y por otra que los aerosoles son vectores de infección. En un segundo trabajo realizado en macacos, se observó que la transmisión vía aerosoles podría generar una fiebre más constante y una COVID19 más grave que la transmisión vía partículas, otra de las formas de transporte por el aire.

Todo esto nos viene a indicar una obviedad, los aerosoles cargados contagian del virus y lo hacen preferentemente en espacios cerrados, mal ventilados y con gente susceptible.

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