Tengo dos manías relacionados con los libros: cada vez que compro un libro me gusta abrirlo por la primera página para leer sus primeros párrafos e imaginar a quién lo escribió buscando la palabra perfecta con la que echar a andar; después lo cierro y espero a que llegue su momento para ser leído. Mi otra manía es que compro más libros de los que soy capaz de leer. Ya lo dijo Javier Marías: “las personas lectoras somos irracionalmente optimistas y siempre pensamos que vamos a leer más de lo que leeremos”.

Hace un mes compré el libro de Ana Iris Simón, ‘Feria’. Había leído sobre la autora, había escuchado alguna entrevista y me encantó su portada cuando lo vi en la librería. Una mujer joven, periodista, que después de vivir un tiempo en Madrid, decide volver a una vida de provincias porque envidia la vida que tenían sus padres a su edad. Sobre eso y otras cosas va su libro: sobre pueblos, ciudades, proyectos, esperanzas, incertidumbre y futuro.

 

Lo que nos pasa es que escuchamos poco a la gente joven

 

Ayer metí el libro de Ana Iris en el bolso. Tras la última polémica por el discurso que hizo en el acto ‘Pueblos con futuro’ que organizó el gobierno de Pedro Sánchez para presentar su estrategia para abordar el reto demográfico, le había llegado el momento de ser leído. La primera frase de su libro es contundente y revela un deseo y una frustración al mismo tiempo: “Me da envidia la vida que tenían mis padres a mi edad”.

Quién haya leído su libro no puede sorprenderle el contenido de su discurso. Sin entrar a valorar lo que dijo, lo mejor fue el tono, su determinación y valentía para expresar su opinión sin ofender a nadie. Resultado de ese discurso, ha recibido desprecios, agravios, insultos, descalificaciones. Como si el fondo del tema que allí se estaba tratando resultase sencillo, como si no admitiese matices, interpretaciones o estrategias diferentes. Como si el problema fuese nuevo y nos estuviésemos despertando ante un problema para el que lo único que parece claro es que hace falta actuar ante tanta frustración compartida de una generación joven que crece sin expectativas. Y ya se sabe que la nostalgia es una expresión suave y resignada del miedo, del miedo a un futuro plagado de incertidumbres.

 

Qué necesario escuchar a mujeres que dicen lo que piensan, con respeto y sin ofender a nadie; qué bien que haya mujeres que desde la primera línea de su escritura te hagan sentir que ahí hay una historia que merece ser leída

 

Habló de reto demográfico, una idea compleja que ocupa ya todas las agendas políticas y mediáticas, y para el que se percibe la urgencia de quiénes llevan tiempo olvidados. Habló de la necesidad de proyectos de futuro para la población joven, ahora que por fin se diseñan estrategias que piensan en 2050. Habló de pueblos sin niños, pero con WIFI. Habló de vivienda y de empleo, habló de incertidumbre, de esperanzas y de futuro. Habló de ser joven y sentir que no ocupas un lugar prioritario en los debates y soluciones políticas. Alzó su voz y, sin hablar de ideas abstractas, con mayor o menor acierto, fue capaz de hablar de la vida en general. De la gente. De la sociedad y de las reacciones de las personas de su generación. Dijo, estamos vivos.

Lo que nos pasa es que escuchamos poco a la gente joven. Qué necesario escuchar a mujeres que dicen lo que piensan, con respeto y sin ofender a nadie; qué bien que haya mujeres que desde la primera línea de su escritura te hagan sentir que ahí hay una historia que merece ser leída. Qué bien que haya sido una mujer, una mujer joven.