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Las maquetas que cambiaron el paisaje de Bilbao al hacerse realidad a principios de este siglo vuelven a la margen izquierda. Finalmente, el grupo logístico belga VGP se ha hecho con los terrenos de La Naval mediante una oferta de 36 millones de euros, la más alta de las presentadas por los 300.000 m2 del astillero que agotó una actividad de construcción de buques que había venido dando forma a la Ría desde antes de las guerras carlistas.

Por supuesto que es la modernidad y que la nostalgia no es buena compañera del progreso, pero mirando las imágenes del proyecto que está previsto implantar en los ya antiguos terrenos del astillero, en los que no se ve ni una sola grúa, ni un muelle, no se puede evitar el recuerdo de aquellas maquetas que hace bien poco tiempo fueron protagonistas de la ilusión de Bilbao y de su ría. Las imágenes infográficas y las pequeñas ciudades en miniatura de plástico y madera precedieron a esta ciudad nueva, en la que sin duda todo fue a mejor en limpieza, en espectacularidad y en bienestar físico, aunque no es tan seguro que lo haya sido en confianza y esperanza.

Aquella ría industrial, sucia, dura, gris, generadora de riqueza, imán de trabajadores llegados de toda España con su maleta de madera y sus esperanzas dentro de ella, lleva muchas décadas muriendo. Lo que no estaría mal si no fuese también porque, con los nuevos paseos y las nuevas actividades logísticas que sustituirán a las gradas navales, caerá otra losa de olvido sobre la identidad vasca de la margen izquierda, que se creó y fue inseparable de las grandes industrias, de sus sirenas y de sus turnos de obreros de Lutxana o de los que bajaban al horno por la cuesta de la Iberia.

Bizkaia (antes Vizcaya) claro que era más que grúas, hornos, humo y una ría sucia que pringaba las playas de Ereaga y Arrigúnaga pero, aunque sí que era más, tenía mucho de eso: de bruma sucia, olor metálico y galipó en la arena. La margen izquierda fue la Vizcaya más dura, la que resultó siempre imprescindible pero incómoda al poder. Escenario de luchas sindicales de obreros que pelearon por sus derechos y -creían entonces- que por los de todos, hoy se abre a las nuevas actividades de movimiento limpio, eficiente y automatizado de bienes y mercancías fabricadas lejos y destinadas a compradores on line, como usted y como yo mismo. Bien está que se impulse una actividad con indudable presente y futuro pero tengamos claro que no todo van a ser brillo. Muchos de los derechos ganados entonces ya no forman parte del paisaje laboral. La certeza de que el esfuerzo tendrá recompensa ya no está tan clara, si es que existe y la izquierda que entonces estaba segura de lo que ella misma era también se desdibuja en medio de una modernidad digital de pantallas, memes y likes.

Es el nuevo reto de la identidad vasca de la actual y de la futura margen izquierda, seguro que más limpia aún, más cómoda y confortable, pero en la que lo importante no será que se pierdan los buques o los tochos de acero sino que no se olvide el recuerdo y la costumbre de señalar y exigir lo que es justo. Es la identidad vasca de la ría, que construyó el país y su prosperidad bajo banderas sobre todo rojas y que no debería quedar relegada solo a la gabarra a la que estos días andan sacando brillo y que, no lo olvidemos, no es un yate ni una falúa de lujo sino una embarcación de carga de graneles industriales: la viva imagen de la Ría del Nervión.

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