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El 26 de abril de 1937 se produjo un terrible apagón en Gernika, una lluvia de bombas sumió al municipio vasco en la oscuridad que siembra la muerte y el terror. La crónica del periodista británico George Steer fue la mejor y la más completa porque describía el ataque sobre la primera ciudad “abierta” prácticamente arrasada durante un bombardeo. Un texto de estilo periodístico clásico que aportaba datos y pruebas recogidas sobre el terreno y que, además, desvelaba que el ataque había sido obra de los alemanes. Ejercía así una de las principales funciones del periodismo, la intermediación entre el hecho y el lector o lectora, permitiendo conocer la realidad de la que forma parte nuestra vida, pero que se encuentra fuera de nuestro alcance inmediato.

En el libro ‘El desorden político’ de Ignacio Sánchez-Cuenca recientemente publicado, el catedrático de Ciencia Política, aborda la crisis de la intermediación que viven las democracias actuales. Dos de los actores afectados por esta crisis de intermediación son los partidos políticos y los medios de comunicación, como principales agentes intermediadores de las democracias representativas. Los partidos políticos son quienes median entre los ciudadanos y el Estado configurando un espacio político centrado en las cuestiones que dan forma a la agenda política, definen de manera clara la conversación y las prioridades con las que dar respuesta a los problemas de la ciudadanía. Por su parte, los medios de comunicación, en su labor de intermediación de la esfera pública son los encargados de ordenar y organizar la transmisión de la información y de actuar como fiscalizadores de la actividad política. 

 

Las campañas de desinformación son solo una de las herramientas de desestabilización de la que pueden hacer uso los simpatizantes y partidarios de la ultraderecha o de los discursos reaccionarios

 

La transformación digital y la aparición y consolidación de las redes sociales ha posibilitado que todos los ciudadanos podamos acceder a la esfera pública y difundir un mensaje propio a través de una simple conexión a Internet, reduciendo así la capacidad de intermediación de los medios de comunicación: la de observar el hecho, interpretarlo, contrastarlo y, después, difundirlo. 

Qué se reduzca su capacidad de intermediación no quiere decir que desaparezca. De ahí que resulte especialmente frustrante y doloroso que no seamos capaces de construir un suelo ético en torno al cual pueda girar la conversación pública y que delimite lo que es un hecho cierto, de lo que es una manipulación o un interés por desinformar. Las campañas de desinformación son solo una de las herramientas de desestabilización de la que pueden hacer uso los simpatizantes y partidarios de la ultraderecha o de los discursos reaccionarios. 

 

Qué se reduzca su capacidad de intermediación no quiere decir que desaparezca

 

Los medios de comunicación en su función de hacer circular temas destinados a influir en el debate público tienen la inmensa tarea de controlar la desinformación e impedir que se asienta la duda sobre hechos contrastados. Hoy sabemos que el bombardeo sobre Gernika fue ordenado por los alemanes y que población civil inocente pagó con su vida las consecuencias del bombardeo gracias a la impagable labor de corresponsales como George Steer. Igual que hoy sabemos que lo que está sucediendo en Bucha es lo más parecido a un crimen de guerra porque hay corresponsables que  han podido ir y están arrojando luz sobre el sufrimiento y desgarro de la población civil ucraniana. Un trabajo que junto con el desarrollado por organizaciones de derechos humanos como Human Right Watch, ayudarán a determinar lo que ha sucedido y contribuir así aliviar el inmenso sufrimiento de una guerra cruel.

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