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La web de Zedarriak no esconde que uno de los objetivos con los que ha nacido este think-tank es "la incidencia pública y social". Y lo está consiguiendo, aunque de una manera que parece alejada de lo que perseguían la gran mayoría de sus miembros. Cuando menos de los que son públicos, porque es evidente que detrás de Zedarriak hay una o más "manos negras".

Era obvio que a un PNV rodeado de aduladores y pelotas con ánimo de lucro no le iba a gustar que un grupo de empresarios de renombre dijera que la economía vasca está en plena decadencia. En su visión cortoplacista, los que mandan en Lakua creen que al país le conviene ese mensaje permanente de bonanza y de cierta superioridad moral e intelectual sobre todos los que nos rodean al sur de los Pirineos. Todo ello bien regado con generosas subvenciones y contratos públicos.

Esto ya lo preveían los miembros de Zedarriak, que en su primer informe, ese que Itxaso Atutxa aseguró que solo era un borrador pese a que estaba publicado desde hacía días en la web, deslizaron frases como ésta: "Todos los políticos, de todos los partidos, creen que una parte de su trabajo es vender lo bien que va el territorio, aunque no sea cierto. Incluso, cuando llevas la contraria pasas a estar catalogado de enemigo público".

Sabían que podían ser linchados, aunque no hasta tal punto. Menos aún los miembros que simpatizan abiertamente con el PNV e incluso en algún caso están afiliados a este partido, que son al menos seis de los quince iniciales. Dos de ellos ya se han dado de baja de Zedarriak, lógicamente asustados por los eventuales efectos comerciales sobre las organizaciones que dirigen en un país en el que la contratación y las subvenciones públicas mueven más dinero que el sector privado.

¿Qué ha ocurrido entonces? Simple y llanamente, que la mano negra ha aprovechado la ocasión para echar un poquito de leña al fuego. Más bien gasolina, porque la mecha ha prendido a toda velocidad. Una filtración por aquí y otra por allá, siempre al mismo medio e incluso periodista, han avivado la llama hasta convertir a Zedarriak en noticia día sí día no.

Esa táctica comunicativa, que me consta que no había sido planificada de esa manera, ha convertido lo que solo era un informe para entablar un debate en la sociedad en una especie de arma de combate. Una batalla en la que evidentemente los miembros de Zedarriak tienen todas las de perder, por muchas heridas de guerras anteriores que ya tengan Pedro Luis Uriarte, responsable de la redacción, y Guillermo Dorronsoro, coordinador del grupo.

La mano negra ha tumbado sus intenciones de diálogo e incluso ha generado un herido grave: Eduardo Zubiaurre, actual presidente de Confebask, una de las personas que, sin figurar en el staff, han tenido mucho que ver con que exista Zedarriak. Los misiles periodísticos no están permitidos en un país en el que los trapos sucios se han lavado tradicionalmente en casa y a mano, sin hacer ruido.

Zedarriak se creó en teoría para hacer lobby en favor de una serie de causas económicas, generalmente de corte liberal, pero no para entrar en un combate político. Se podía haber utilizado al Círculo de Empresarios Vascos, cuyas manos negras son prácticamente las mismas, pero se buscó un horizonte más amplio y social. El objetivo era evidente: que esas cosas que habitualmente piden los empresarios y que parece que están contaminadas por sus circunstancias personales tengan un respaldo más amplio.

El tema más polémico es probablemente el de la fiscalidad, que el concierto económico permitiría suavizar para atraer a grandes patrimonios con dinero fresco para invertir. El PNV no quiere abrir este melón para no perder apoyos entre sus votantes más izquierdistas, pero inexplicablemente el informe de Zedarriak incluye varias referencias a este tema pese a su fuerte componente ideológico.

Hay otros asuntos de mayor calado y en los que existe un amplio consenso entre los empresarios vascos. Desde la equidistancia con los sindicatos más agresivos hasta la baja natalidad y la fuga masiva de los jóvenes mejor preparados, sin olvidar el excesivo protagonismo del sector público y los privilegios que supone trabajar para él. Dicho de otro modo: que vivimos de las rentas y que éstas se van a terminar tarde o temprano.

Las aguas andaban revueltas desde hace ya tiempo. El actual Gobierno vasco no mantiene con los empresarios unas relaciones tan fluidas como antaño. Al margen del excesivo protagonismo de la corte de sociólogos de confianza del lehendakari, se critica abiertamente que la política vasca se ha llenado de funcionarios de carrera con nula experiencia privada. Que Uriarte, ex consejero y creador de Innobasque, esté detrás de Zedarriak no es sino una muestra de este evidente distanciamiento entre economía y política.

Pero hay algo más. La lucha por el poder entre el que lo ha adquirido en sucesivas elecciones, el PNV, y quien suele ganar en los quioscos, Vocento, explica también muchas cosas. Basta leer la mayor parte de las excelentes columnas de un miembro destacado del consejo editorial de El Correo que sabe mucho de economía pero también de lo que conviene a su multimillonario bolsillo, para comprender por dónde van los tiros.

Los empresarios vascos son conscientes de que las cosas van mal y van a ir a peor si no se ponen remedios con urgencia. El mensaje de que Euskadi está en declive se puede transmitir de manera serena y sosegada para convencer al que todavía puede hacer algo de que haga algunos ajustes. Pero también se puede utilizar para criticar a los que nos gobiernan con el único fin de que mañana sean otros los que ocupen las poltronas. Algo así está ocurriendo. Y es una pena

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