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El nacionalismo vasco ha tenido siempre una relación extraña con la constitución española. Desde su fundación en 1895 ha conocido tres: la de la Restauración (1876), la de la II República (1931) y la actual de 1978. Podría pensarse en buena lógica que para este movimiento nacionalista que, al contrario que el catalán, fue primero independentista sin paliativos y luego ya veremos, la constitución española debería ser completamente indiferente. La constitución de la Restauración no fue concebida precisamente para provocar entusiasmo, y quizá por ello, entre otras razones, duró tanto. Al nacionalismo originario, el del primer Sabino Arana, aquel texto le parecía, como el constitucionalismo español del XIX, la piel del diablo. En primer y principal lugar porque más bien mal que bien, insinuaba una cierta libertad de conciencia religiosa que al Maestro le llevó a concebir que la católica España había quedado reducida a la católica Euskeria, cuya redención era un imperativo político-religioso.

Al igual que Hirohito un buen día de 1946 decidió que ya no era dios, Arana en 1902 decidió que ya no merecía la pena seguir dando la matraca con la independencia de los eúskaros

El Maestro fue realmente un personaje, y digo esto en el sentido más literario. Al igual que Hirohito un buen día de 1946 decidió que ya no era dios, Arana en 1902 decidió que ya no merecía la pena seguir dando la matraca con la independencia de los eúskaros. Propuso entonces jugar dentro del Estado que había diseñado la constitución de 1876 con un partido “vasco-español”, es decir, autonomista. Que muriera al año siguiente (sin cumplir los cuarenta años, casi como el Maestro original), fue una bendición para el PNV, pero ahí estaba ya sembrada la semilla del péndulo patriótico.

Es cierto que los caracteres no cambian, sino que se especializan, y esto es también aplicable a algunos rasgos de las ideologías políticas contemporáneas. Esa desconfianza religiosa en España volvería a aflorar en el nacionalismo en 1931 cuando se debatía la constitución que metió a España de cabeza en el siglo XX. Se lo puso fácil, la verdad, porque los constituyentes de 1931 quisieron traer aquí de golpe a Benito Juárez y a la Tercera República francesa. El artículo 26 de la constitución de 1931 fue suficiente para que el nacionalismo vasco hiciera mutis por el foro del debate constitucional. En realidad, tampoco había estado muy entusiasta en traer la república, pero este rasgo de laicidad fue demasiado para un movimiento que seguía aún fundiendo en uno religión y política.

Pero el péndulo por definición no se está quieto, y en 1936 el nacionalismo entró (por el canto de un duro) en la lógica constitucional republicana por la vía estatutaria. Aquello, como es bien sabido, duró lo que duró porque el país (vasco) se mostró más bien partidario de los golpistas y porque la gestión autonómica de las guerras nunca ha sido muy buena idea para ganarlas.

Fue Garaikoetxea a Madrid para imponer la abstención desde la grada y evitar algo que habría cambiado a tiempo la historia del PNV

¿Y en 1978? La conversación de bar a la hora del vermú dice, con rotundidad, que el PNV rechazó la constitución española. Bueno, sin vermú se lo ha repetido sin cesar el partido a la parroquia cada diciembre desde 1979: la constitución fue rechazada por el pueblo vasco, que es tanto como decir que el Partido la rechazó. Ay, si pudiéramos asomarnos por una mirilla aquel 21 de julio de 1978 al Congreso de los Diputados. Allí estaba Javier Arzalluz como jefe de filas parlamentario del PNV a punto para la votación definitiva al texto constitucional. En el mismo se había colado a última hora una disposición adicional que será el bálsamo de fierabrás para elaborar una autonomía de primerísima categoría. Manuel de Irujo, casi nadie, había manifestado respecto a la constitución que “es la más liberal, la más abierta, la más avanzada, la más foral que pudiéramos pedir los navarros que se ha hecho en Madrid”. ¡Qué nervios!

Pero para eso habían anidado en el PNV post-franquista las dos almas del PNV, y la otra tomó un avión y se presentó en el Congreso, entre el público. Los teléfonos de entonces te permitían excusas como “se corta y no tengo más cambio”, que es la que había usado Arzalluz de víspera en conversación con Carlos Garaikoetxea, presidente de su partido. ¿Qué le decía? Pues algo relativo a que no estaba claro qué había que hacer en la votación. Para eso fue Garaikoetxea a Madrid, para imponer la abstención desde la grada y evitar algo que habría cambiado a tiempo la historia del PNV. El Maestro, en su lecho eterno de Sukarrieta, volvió a roncar placenteramente.

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