Hay que ver lo significativo que puede ser un simple gesto. El que hizo Enrique Ossorio, portavoz del gobierno Ayuso, para hablar de la cantidad de pobres que según un informe de la Fundación Foessa para Cáritas hay en su Comunidad, lo fue. Miró hacia abajo al cuestionarse por el paradero de esas personas, en una clara demostración de que en su entorno, los pobres estan abajo, en el suelo. Y eso cuando los ve, porque todavía anda preguntándose dónde están. Supongo que no, que en las terrazas de la Castellana o de Serrano será difícil encontrarlos. Por eso no los ve. Sus 108.000 euros de sueldo anuales le dan para gafas de realidad virtual, esas que, si quieres, esconden lo real para mostrarte lo que tú quieres ver. 

El informe constata que sólo en la Comunidad de Madrid hay 1,5 millones de personas en situación de exclusión social, es decir, cinco puntos más que antes de la pandemia. Además ha aumentado la desigualdad entre los más pobres, que han visto cómo sus rentas se reducían un 22%.

 

Sólo en la Comunidad de Madrid hay 1,5 millones de personas en situación de exclusión social, es decir, cinco puntos más que antes de la pandemia

 

Me da que esto no ha hecho más que empezar. A la estimación de que la pandemia aumentaría los índices de pobreza en el mundo hay que sumarle ahora los efectos de la invasión de Ucrania por parte de Rusia y la situación que ha provocado.  Las guerras, en Europa del Este o en cualquier parte del mundo, resquebrajan los cimientos de la sociedad, destruyen todas las infraestructuras sectoriales, acaban con las prestaciones sociales y degradan la economía. No hay más que echar un vistazo a otros países en guerra, por ejemplo Siria. Tras diez años de ataques han muerto más de 350.000 personas, más de seis millones de personas ha huido del país y otros seis millones vagan por el territorio como desplazados internos. El 90 % de la población es pobre allí. 

La guerra de Ucrania, además de destruir infraestructuras claves como los centros de energía y los hospitales, socava la producción de alimentos, impide el trabajo, con lo que las personas no ganan dinero, y aumenta rápidamente la inflación de los precios. La economía está paralizada y eso repercute en otros países como el nuestro, sin ir más lejos. Los precios de la energía suben y tenemos que prepararnos para la escasez de algunos productos tan importantes para generar alimentos como los cereales que hasta ahora llegaban del llamado granero de Europa. 

 

A la estimación de que la pandemia aumentaría los índices de pobreza en el mundo hay que sumarle ahora los efectos de la invasión de Ucrania por parte de Rusia y la situación que ha provocado

 

Al señor Ossorio habría que decirle que lo de los pobres ya no es vertical. No están ellos, los ricos, arriba y el resto, los pobres, abajo. Hoy la pobreza es horizontal y si quiere verlos no tiene más que mirar a su alrededor sin bajar la vista al suelo. Que se de una vuelta por la Castellana porque también ahí empiezan a verse pobres en las calles. 

En España se considera pobre a quien tiene que sobrevivir con menos de 530 euros al mes. Por el momento sufrimos la pobreza individual, la que afecta solo a individuos o familias particulares pero si las cosas continúan por los derroteros que han tomado en Europa podemos acercarnos a la pobreza colectiva, aquella que afecta a toda una comunidad en la que sus miembros sufren carencias en alimentación, salud, servicios o educación. Es cierto que puede ser una pobreza temporal ocasionada por una crisis coyuntural pero no es menos cierto que cuando alguien entra en el círculo de la pobreza tiene muy pocas posibilidades de salir de ahí. 

 

En España se considera pobre a quien tiene que sobrevivir con menos de 530 euros al mes

 

No debemos acostumbrarnos a términos como pobreza energética, pobreza menstrual, pobreza hídrica, pobreza absoluta, pobreza laboral o pobreza multidimensional. Hacerlo nos llevaría a normalizar que haya familias que no pueden encender la luz o la calefacción, que existan trabajadores pobres, que el agua sea un artículo de lujo para muchas personas o que haya mujeres que no pueden comprar artículos de higiene personal destinados a cubrir sus necesidades durante la menstruación. 

Pensar que la pobreza está abajo, por los suelos, desviar la mirada cuando se habla de pobreza y preguntarse dónde están los pobres es indigno de un dirigente político que no quiere ver cómo a su alrededor, la ciudadanía a la que debe proteger y ayudar posee cada vez menos recursos. Y esto no ha hecho más que empezar con una inflación disparada y con pocos visos de ser controlada. 

 

Hacer una buena gestión de nuestros recursos y evitar que cada día haya más familias en situación de pobreza es responsabilidad, también, de quienes se preguntan ¿dónde están los pobres?

 

Quizá quien mira hacia abajo cuando habla de pobreza debiera revisar su aporofobia, es decir, su rechazo, temor y desprecio hacia el pobre. El término lo acuñó la filósofa Adela Cortina en 1995 al comprobar la aversión que algunos sienten ante los desamparados que no pueden devolver nada bueno a cambio de lo que reciben. La aporofobia elimina cualquier empatía y aumenta el rechazo especialmente ante inmigrantes y refugiados a quienes no se evita por extranjeros sino por pobres. 

Hacer una buena gestión de nuestros recursos y evitar que cada día haya más familias en situación de pobreza es responsabilidad, también, de quienes se preguntan ¿dónde están los pobres?