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Acelerar la vacunación es uno de los grandes retos de la administración, al tiempo que promover el uso de test diagnósticos e incentivar el seguimiento de los casos. Un complejo equilibrio de recursos, más aún en un escenario de casos al alza, que auguran restricciones de movilidad importante de cara a las próximas fechas. Volviendo al masivo reto de vacunar a la población, y ante la constante limitación de dosis, algo que esperemos cambie en las próximas jornadas, creo fundamental compartir algunas reflexiones relevantes para optimizar los recursos. Una primera gira entorno al almacenamiento de las dosis de vacunas. En el momento actual, y atendiendo al suministro creciente esperable, es prioritario inyectar el mayor número de dosis posible. En el caso de AstraZeneca no cabe duda alguna. Con un intervalo entre dosis de 10-12 semanas, toda vacuna del fabricante con sede en Cambridge debería ser administrada de inmediato.

Los datos recientes revelan que una dosis inicial de Pfizer tiene un gran potencial, hasta el punto que apenas 2 semanas tras la primera dosis, la protección frente a la muerte por COVID-19 es superior al 70%, y según datos de Escocia llegaría al 90% a las cuatro semanas. En un estudio en el que se evaluaba los efectos de la vacunación de 2590 profesionales sanitarios en España, se observó una reducción del 62% de infecciones tan solo 2-4 semanas después de la primera dosis de Pfizer. Otro trabajo ha concluido que incluso personas infectadas en el intervalo de 12 a 37 días tras vacunarse con una sola dosis de Pfizer, presentaron cargas virales más bajas. Son datos preliminares que apuntarían a la capacidad de la vacuna de actuar sobre la expansión del virus.

Otras reflexiones giran entorno al aumento de los puntos de inyección, a evitar demoras e incluso optimizar la estrategia de grupos de riesgo. A estas alturas, hay más gente vacunada en la franja de 20 a 30 años que en la de 80 a 90. Personalmente, y con riesgo a equivocarme, creo que una vez protegido el personal sanitario, la edad debería ser el criterio principal a la hora de priorizar grupos. De hecho, es el mayor factor de riesgo de la COVID-19 y la mayor parte de los fallecidos (>90-95%) tenían más de 60 años. Aparte de este colectivo muy prevalente en Euskadi, se debería atender rápidamente la población que padezca comorbilidades, ya que su infección aumenta el riesgo de enfermedad grave.

En el momento actual, y atendiendo al suministro creciente esperable, es prioritario inyectar el mayor número de dosis posible. En el caso de AstraZeneca no cabe duda alguna. 

Me quedo también con dos noticias más relacionadas con la vacuna de Pfizer y que generan esperanza. Se ha podido corroborar en un ensayo clínico que la vacuna ARNm es segura y 100% eficaz frente a la COVID-19 en 2260 niños y adolescentes (edades de 12 a 15 años), estimulando una potente respuesta humoral. Además, el seguimiento de los miles de voluntarios vacunados en los ensayos clínicos refuerza la idea de que esta vacuna es eficaz al menos durante 6 meses, con una protección superior al 90% frente a la COVID-19, e incluso del 95% frente a la enfermedad grave. Algunos expertos como Eric Topol, se atreven a pronosticar que los efectos protectores se prolongarían incluso durante 2-3 años. ¡Ojalá sea así!.

La cuarta ola del virus nos acecha y el cansancio y la paciencia de la población se agota. Una evidente consecuencia de la pandemia es el empeoramiento de la situación emocional de la población, la ansiedad e intranquilidad, y los efectos derivados de la ausencia del contacto físico. Tocarnos y abrazarnos son parte esencial del ser humano, y llevamos mucho tiempo sin poder hacerlo. Esperemos que la vacunación integral de la sociedad nos permita recuperar éstas y otras sensaciones, tan íntimamente ligadas a nuestra forma de ser.

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