Pásate al MODO AHORRO

En esta segunda desescalada esperamos ansiosos poder enseñarnos la sonrisa tanto tiempo después de esconderla tras la mascarilla. Quedan pocas horas para superar esa barrera psicológica que demostrará que las cosas avanzan gracias, en gran medida, a los esfuerzos de la Unión Europea, del Gobierno de España y del Ejecutivo vasco en el programa de vacunación. Gracias al trabajo de todo un sistema sanitario que ha dado una respuesta para la que muchos no veían capaz, y confieso mi culpa de haber dudado. 

Vuelven las mesas llenas a los restaurantes, los horarios nocturnos, los txokos... Y vuelven también los viejos e inconcebibles problemas que anteponen los derechos de una casta sobre la supuesta vocación de servicio público, cuando éste debería ser su motor. El pasado fin de semana el ocio nocturno se estrenaba timorato hasta las dos de la mañana, como un adolescente en su primera salida. Y muchos ciudadanos después de disfrutar de una cena sin la tensión de la prisa por el cierre se encontraron, a la hora de regresar a casa, que el transporte público de las capitales vascas todavía no había adecuado sus horarios a la nueva situación. Muchos servicios de taxi se colapsaron generando esperas de hasta una hora, como ocurrió en Bilbao

Bilbao y San Sebastián han reaccionado y ya tienen listos los horarios para la noche. Pero no en Vitoria. Parece que hay un comité de empresa en el servicio municipal de transporte que tiene que inciar una negociación para ver como vuelve a los horarios habituales de los autobuses. En la misma ciudad en la que miles de trabajadores van a vivir día a día si pueden trabajar o no por la falta de chips electrónicos, unos señores tienen que negociar cómo vuelven a la normalidad. En la misma ciudad donde miles de personas han suspirado durante meses para recibir una llamada que les avise que les activan al 100% para sacarles del ERTE durante la jornada siguiente y poder trabajar, hay otros privilegiados que tienen que votar si les parece adecuado cumplir los servicios para los que está diseñada su plantilla.

Unos señores tienen que negociar cómo vuelven a la normalidad en la misma ciudad donde miles de personas han suspirado durante meses para recibir una llamada que les avise de que mañana les activan al 100% para sacarles del ERTE

 

Lo de TUVISA, que es como se llama la sociedad pública que gestiona el transporte público en la capital alavesa, es de traca. La semana que viene comienza la negociación para recuperar todos los horarios del servicio. A la demanda del gobierno municipal, ha respondido el comité que hay que convocar una reunión y, claro, tiene que ser con una antelación debida, no puede ser de un día para otro. Si es que el concepto de servicio público queda muy lejos. Y a esperar, vaya a ser que se convoquen paros porque no se quiere respetar una paulatina incorporación a los horarios habituales. 

 El transporte, más que un servicio público es un auténtico cártel que la emprende con todo aquel político que lo cuestione. Y así, acaban pasando cosas como que un chófer de TUVISA pueda cobrar más que el alcalde de la ciudad

 

Sin autobuses, sin alternativa al taxi porque queremos tirar al fondo del mar a todo lo que suene a Uber o Cabify, parece que el transporte más que un servicio público es un auténtico cártel que la emprende con todo aquel político que lo cuestione. Y así, acaban pasando cosas como que un chófer de TUVISA pueda cobrar más que el alcalde de la ciudad. Creánme que es verdad. 

Y en todo esto, parado en el semáforo, detrás de un autobús, me he fijado en una placa que pone ´SP´, Servicio Público. Y uno se da cuenta de que con los mismos impuestos se paga el sueldo de la enfermera que me podrá la vacuna contra la covid-19 este sábado a las 9 de la noche, y la nómina del chófer que no conducirá el autobús que iba a coger para volver a casa desde el punto de vacunación, ya no les digo si pretendo coger el ´gautxori´ porque me he ido a tomar una cerveza para celebrar la inmunidad. Y esa es la clave, la conciencia de Servicio Público. A la enfermera le llevaré bombones, como hizo un compañero de la redacción de Crónica Vasca. 

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