Pásate al MODO AHORRO

Seguro que han visto alguna de esas películas de juicios en las que el abogado le dice a su cliente: ¡No conteste! para protegerlo de si mismo, evitar que se meta en un lío aún mayor del que ya tiene encima y, de paso, defender su propia minuta.

Al saber que Twitter, Facebook, Instagram, YouTube y otras redes cancelaron, por fin, las cuentas de Donald Trump es difícil evitar la sospecha de si no estarán preservando a su principal activo, a su primer pura sangre mundial, hasta que pase la tormenta política. Trump genera un tráfico inmenso y, “qui prodest”, las redes viven del tráfico.

El expresidente no es un usuario cualquiera por lo que es imposible creer que los dueños de las plataformas se hayan enterado ahora de que ha estado todo su mandato usándolas, especialmente Twitter, para difundir toda clase de amenazas, mentiras, mensajes de odio e incluso para cesar oficialmente a sus colaboradores cuando estos no eran lo suficientemente serviles.

Un influencer como Trump es impagable. Solo los grandes dueños de esas redes privadas saben cuánto dinero les ha hecho ganar y, desde luego, sería una pérdida grande que no volviera pronto.

Decir ahora, como ha hecho el jefe de Twitter, Jack Dorsey que esto es "un fallo nuestro a la hora de promover una conversación sana" recuerda al capitán Renault en Casablanca, falsamente escandalizado porque acaba de “descubrir que en este local se juega”. El gendarme francés mentía para proteger su puesto como Dorsey y Zuckerberg protegen sus negocios. El primero de ambos lo expresó muy claramente si se sabe leer lo que dijo: "fue la decisión correcta para Twitter". Seguro que lo fue.

Un influencer como Trump es impagable. Solo los grandes dueños de esas redes privadas saben cuánto dinero les ha hecho ganar y, desde luego, sería una pérdida grande que no volviera pronto. Si hay que suspender temporalmente la cuenta para que Trump no use “el tiempo que le queda en el mando para dificultar una transición pacífica”, como ha dicho el dueño de Facebook, Instagram y Whatsapp, se hace y se espera a que pase el peligro. Hoy ya toma posesión Biden, de manera que ya no habrá que aguardar mucho para volver a sacar al veloz caballo de crines naranjas a las pistas digitales.

Pero no solamente es tráfico, que hay más. Trump ha consolidado a las redes sociales como alternativa a la prensa y los demás medios. Como a todo populista, sea de izquierdas o de derechas, a Trump los periodistas profesionales le resultan un incordio porque repreguntan, comprueban, guardan hemerotecas y suelen saber de lo que el político está hablando. Intermediarios informados y con derechos, resultan un estorbo que se interpone entre el espíritu del pueblo (el Volksgeist) y el líder que lo encarna. También en los medios más afines a la derecha americana hay periodistas que demostraron ser profesionales capaces de interrumpir una declaración de su presidente porque lo que decía era un evidente cúmulo de mentiras y eso para Trump era intolerable. Si pudiera los hubiera despedido con un tuit.

Como a todo populista, sea de izquierdas o de derechas, a Trump los periodistas profesionales le resultan un incordio porque repreguntan, comprueban, guardan hemerotecas y suelen saber de lo que el político está hablando.

Con las redes no hay ese problema. Allí no hay turnos de preguntas sino solo likes y retuits, la difusión de la información y el tráfico es lo que cuenta. Trump, el benefactor de las plataformas, les ha venido garantizando ese tráfico y les ha dado, además, carta de naturaleza como medios de comunicación alternativos. No es, ni mucho menos, el único político en hacerlo pero sí el más importante del mundo y el que con más claridad y decisión ha favorecido ese nuevo poder de las redes espontáneas, divertidas y populares como sustitutivo de la información trabajada y solvente de los medios democráticos.

Por todo esto y por los antecedentes a lo largo de todo un mandato presidencial, me cuesta creer esas explicaciones repentinamente civilizadas de los dueños de unas redes privadas que tratan ahora de defender una reputación a la que realmente renunciaron hace mucho a cambio, eso sí, de tráfico y más tráfico. No cuela.

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