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Entre las muchas virtudes que tiene el deporte está su capacidad de convertir en referentes a quienes lo practican. Valores como la integración, la asunción de reglas, el trabajo en equipo, la empatía, la disciplina, la responsabilidad o la cooperación se trabajan en todos los ámbitos deportivos y su observancia convierte a los y las deportistas en mejores personas. Es por eso que se recomienda su ejercicio desde la infancia. Para lograrlo nada mejor que tener un espejo en el que sentirse reflejado, ya sean madres, padres, docentes o deportistas profesionales. Sin duda son estos últimos los que más influencia ejercen en el resto de la población. Sus acciones tienen un eco enorme y provocan que las neuronas espejo se pongan a funcionar a toda velocidad. Cuando vemos actuar a otras personas se producen pequeños disparos eléctricos en nuestro cerebro que activan la imitación y la empatía. 

Viene todo esto al hilo del caso Djokovic. A la hora de entregar este artículo no se ha dilucidado si podrá disputar el Open de Australia o tendrá que volver a su casa. Les está costando a las autoridades australianas tomar una decisión. No solo es que el tenista no esté vacunado, que ya sería suficiente para que no pudiese entrar en el país, si no que su justificación para no hacerlo, haber pasado la enfermedad, se ha caído como un castillo de naipes. Un castillo tan grande como la mentira en la que se sustenta ese positivo. Después de conocerlo, Djokovic continuó haciendo vida normal, mezclándose con niños y niñas y asistiendo a ruedas de prensa y entrevistas, palabras textuales, por no “dejar tirado” al periodista con el que había quedado. ¡Anda que no hemos hecho entrevistas vía zoom, skype o teléfono desde que comenzó la pandemia!

 

Su actitud antivacuna jalonada de mentiras, no hace sino lanzar un mensaje egoísta, insolidario e irresponsable. Vamos, todo lo contrario al mensaje que ha de lanzar el mundo del deporte

 

El asunto es que el gran referente deportivo que era Djokovic ha provocado con su actitud que el espejo en el que se miran miles de personas esté tan empañado como las gafas con la mascarilla puesta. No solo tiene que jugar al tenis sino que tiene que lanzar mensajes que contribuyan al bien común. Cada cual tiene derecho a inocularse la vacuna o no. Es esa una decisión que se toma de manera libre. Sin embargo, su actitud antivacuna jalonada de mentiras, no hace sino lanzar un mensaje egoísta, insolidario e irresponsable. Vamos, todo lo contrario al mensaje que ha de lanzar el mundo del deporte. No solo eso, lanza además la idea discriminatoria de que el común de los mortales ha de asumir las normas y las reglas de los países para cruzar sus fronteras pero los poderosos no. Así se ejercen los privilegios, no los derechos. 

Y ya que hemos puesto la vista en el deporte, los referentes y los valores que representan, me gustaría detenerme en la Super Copa que se está disputando en Arabia Saudí. Una competición española vendida a un país en el que los derechos humanos, especialmente los que atañen a las mujeres, están absolutamente mermados. Hasta el 2029 se jugará esta prueba en el lugar en el que se somete a las mujeres a una dependencia de un varón para toda la vida, sea su padre, marido, hermano o hijo, quienes dan por bueno que esas mujeres son de su propiedad. O donde a quienes escriben denunciando la sistemática violación de derechos se les somete a años de cárcel y latigazos. O donde se asesina a periodistas disidentes como Jamal Khashoggi. Etcétera, etcétera, etcétera. 

 

Me duele especialmente la presencia del Athletic de Bilbao en esta competición. Un equipo “señor” no debería estar presente en una competición que se disputa en un lugar constantemente denunciado por violar los derechos de las personas

 

El reino Saudí busca maquillar su imagen atrayendo al país a personas y actividades bien valoradas, prestigiosas y rodeadas de unos valores que se alejan mucho de su forma de actuar. El fútbol español por su parte, inclina la balanza hacia el lado del dinero y no del respeto a los derechos humanos. Más de treinta millones de euros cada año por llevar la competición al país que denigra a la mitad de su población son muy tentadores, sí, pero alejan al deporte de su valor original. 

Me duele especialmente la presencia del Athletic de Bilbao en esta competición. Un equipo “señor” no debería estar presente en una competición que se disputa en un lugar constantemente denunciado por violar los derechos de las personas. ¿Hay condicionantes? Pues claro que los habrá, pero si su filosofía, tan arraigada, está acorde al respeto tendrá que cargar con las consecuencias que acarree no disputarla, aunque sean tal y como desvelaba el presidente del club, entre dos y tres millones de euros. La dignidad también tiene precio y es muy gratificante pagarlo por mantenerla. Qué se lo pregunten a RTVE que renunció a pujar por la retransmisión de la Super Copa por disputarse en un lugar que no respeta los derechos humanos. Bien hecho. 

 

El fútbol español por su parte, inclina la balanza hacia el lado del dinero y no del respeto a los derechos humanos

 

Estoy ansiosa por ver si el capitán del Athletic luce el brazalete morado que Amnistia Internacional ha enviado tanto a la Federación Española de Fútbol como a los equipos participantes. Les piden que lo luzcan durante los encuentros para mostrar su solidaridad frente a la discriminación y la violencia que sufren las mujeres en el país. El fútbol no puede tolerarlo todo.  

Quedamos a la espera. Por el momento es una gran pena ver cómo quienes a través del deporte pueden cambiar el mundo siguen siendo referentes para miles de personas. Para mí se han convertido en referentes podridos.

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