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Los Estados de bienestar se han ido moldeando como resultado de las crisis de distinta naturaleza que se han producido a lo largo de la historia: guerras, catástrofes naturales, crisis económicas, pandemias actúan como catalizadores para el desarrollo de políticas sociales y el impulso de nuevos paradigmas de la acción política.

En este último año y medio hemos visto como el Estado y sus distintas administraciones tuvieron que articular una actividad frenética para dar respuesta a la pandemia. Una actividad caracterizada por la necesidad de movilizar recursos médicos que permitiesen sostener un sistema de salud enormemente tensionado o medidas de liquidez para las empresas y para las personas que tuvieron que parar su actividad o que perdieron el empleo. De alguna manera el conjunto de las administraciones asumieron de la noche a la mañana, con mayor o menor éxito, una enorme misión común: frenar la expansión del virus y garantizar la salud, el cuidado, el bienestar y la supervivencia de la población.

 

Ahora que entramos en un nuevo escenario, las administraciones deben dar respuesta a cuatro retos fundamentales: la desigualdad social, el cambio climático, el reto demográfico y el reto tecnológico

 

De esta manera, el Estado, inmerso en una actividad frenética, encontró acomodo en un planteamiento que ya venía fraguándose desde hace tiempo, y que supone un cambio de paradigma con respecto a la respuesta que los Estados dieron a la crisis del 2008: el del Estado emprendedor defendido por la economista Mariana Mazzucato. Un Estado que apuesta por cambio trascendental en el planteamiento y gestión de las políticas públicas, de administraciones muy sesgadas por el corto plazo y por el trabajo en silos, a administraciones que apuestan por la mirada de largo plazo y la defensa de una gobernanza que apuesta por la transversalidad de unas políticas públicas orientadas a misiones.

Las iniciativas orientadas a la misión se caracterizan por ser ambiciosas, exploratorias y de naturaleza innovadora, a menudo interdisciplinarias, dirigidas a un problema o desafío concreto, con un gran impacto y un plazo bien definido. Más específicamente, tienen un objetivo claramente definido (social o tecnológico) con objetivos preferiblemente cualitativos y/o cuantitativos, e incorporan la evaluación a lo largo de hitos predefinidos, que permitan mejorar la toma de decisiones y el alcance de las iniciativas. La direccionalidad e intencionalidad de estas iniciativas es lo que las diferencia de otro tipo de iniciativas, como las políticas sistémicas.

Ahora que entramos en un nuevo escenario caracterizado por la vacunación y por la tan esperada salida de la pandemia, las administraciones deben dar respuesta a cuatro retos fundamentales: la desigualdad social, el cambio climático, el reto demográfico y el reto tecnológico. Si la pandemia funcionó como “pepito Grillo” chivando de todo aquello que no funcionaba bien, la post pandemia parece erigirse como el tiempo de la prospectiva, de la mirada de largo plazo y de las políticas públicas transformadoras, que con un ojo en el futuro influyen en las políticas del presente.

 

En Euskadi, podemos empezar por una impulsar una iniciativa dirigida a eliminar la pobreza infantil que es junto con la desigualdad, el único tipo de pobreza que ha crecido en la CAPV en los dos últimos años

 

Si queremos huir de la polarización y ahondar en el consenso y proporcionar un entorno de mayor certidumbre a la población, todos los estudios avisan, que la polarización disminuye cuando la conversación versa sobre qué políticas públicas se ponen en marcha. Lo que los estudios también nos dicen es que, cuando hablamos de educación, salud, medio ambiente o igualdad las administraciones se parecen más entre sí de lo que solemos pensar.

Todo parece indicar que es el tiempo de la administración emprendedora que con la colaboración del sector privado, la sociedad civil y la participación ciudadana, decide cuáles son las misiones sobre las que vertebrar las políticas públicas del presente y del futuro. En Euskadi podemos empezar por una impulsar una iniciativa (misión) dirigida a eliminar la pobreza infantil que, tal y como recogen los datos de la última Encuesta de Pobreza y Desigualdad Social de Euskadi presentada la semana pasada, es junto con la desigualdad, el único tipo de pobreza que ha crecido en la CAPV en los dos últimos años: el 11,7% de los menores de 14 años vive en situación de pobreza, la tasa más alta desde el 7,3% de 2008.

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