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Debió ser en el momento en que adquirimos otras señas de humanidad derivadas del crecimiento de la capacidad craneal y de la evolución del cerebro cuando empezamos a contarnos historias. Haciéndolo, sucedió algo maravilloso que llamamos evolución, adaptación al medio o, simplemente, aprendizaje. Comenzamos a diferenciarnos de otras especies justamente porque no hacíamos las cosas del mismo modo que los ancestros, sino que aprendíamos dónde había que comenzar a hacerlo mejor porque nos contaban esas historias. Con las historias también fuimos dando sentido a nuestra existencia grupal y a fortalecerla. Los que no eran hijos del sol lo eran de la lluvia o habían surgido de la tierra; quienes no habían recorrido grandes distancias buscando un águila posada en un nopal, habían navegado un mundo inundado por un diluvio o habían llegado del otro lado del mar.

Comenzamos a diferenciarnos de otras especies porque aprendíamos dónde había que comenzar a hacerlo mejor porque nos contaban historias

 

Contar historias nos ha ayudado mucho en esta singladura como sapiens y quizá desde antes. No hemos dejado de hacerlo nunca y, de hecho, sería bastante distópico imaginar un mundo sin historias, sin referencias en el pasado de gentes, pueblos, naciones o familias. Es por ello que la historia forma parte de un conocimiento al que no le hemos encontrado mejor denominación que humanidades. Como la lengua, la literatura o la filosofía, la historia, en efecto, forma parte de esas formas de conocimiento que nos hacen intrínsecamente humanos.

Es por ello que, a diferencia de otros saberes, la historia está, por decirlo así, a disposición del primero que pase, como la filosofía. Se diría, además, que es un conocimiento que se considera casi indispensable y cuyo desconocimiento ruboriza al más pintado. Que no sé si el motor de combustión interna es endotérmico o exotérmico, no pasa nada, pero si no sé cuándo comenzó la revolución francesa me meto debajo de la mesa. Tanto consideramos la historia a nuestra disposición que es seguramente el conocimiento que más amateurismo permite. Entras en un taxi en el aeropuerto y el conductor te pregunta a qué te dedicas. Como le digas que eres profesor de historia tienes un alto porcentaje de posibilidades de que te coloque durante el viaje su teoría de la guerra civil. Da igual si eres profesor de historia antigua. Peor aún si te pilla el dentista, donde, además, eres público cautivo y no puedes sino levantar los hombros.

Que no sé si el motor de combustión interna es endotérmico o exotérmico, no pasa nada, pero si no sé cuándo comenzó la revolución francesa me meto debajo de la mesa

 

El hecho es que así debe ser, para eso sirve también la historia, para que cada cual se pueda ubicar en las coordenadas de espacio y tiempo que le han tocado vivir. A diferencia de un arquitecto o un médico, un historiador nunca denunciará a nadie por intrusismo: no lo hay.

Lo que no quiere decir que no haya (abundan, de hecho) cantamañanas y vendedores de crecepelo en cuanto a los relatos históricos que, además, venden sus libros a las mil maravillas porque adaptan el relato a lo que el público al que se dirigen quiere oír: que la guerra civil la produjo en realidad el caos socio-comunista y no un golpe de Estado de militares insubordinados contra el orden legal: Pío Moa te lo pone en cuatrocientas páginas; que ya está bien de no sacar pecho de nuestra historia imperial, que llevamos décadas sin ella: Elvira Roca te prepara un cuento chino que cuela perfectamente.

Desde que la opinión pública se abrió paso en el siglo XVIII como parte de la modernidad, surgió también la libertad del público. Es decir, que si alguien prefiere leer a Pío Moa antes que a Julián Casanova o a Elvira Roca antes que a Josep M. Fradera, es muy libre de engañarse a su gusto. Nada que objetar porque, a juzgar por ventas, lo hace la mayoría del público. No están pidiendo que sus lectores se inyecten lejía para curar el coronavirus, así que no hay daños colaterales.

Abundan cantamañanas y vendedores de crecepelo en cuanto a los relatos históricos que venden sus libros a las mil maravillas porque adaptan el relato a lo que el público al que se dirigen quiere oír

 

Otra cosa bien distinta ocurre cuando esos sueños guajiros historiográficos se trasladan al discurso político y de ahí directamente a la acción política. Entonces es cuando te encuentras al PP, Ciudadanos y Vox queriendo quitar las calles de la capital dedicadas a Francisco Largo Caballero e Indalecio Prieto por “sanguinarios” y “siniestros”, o sea, Pío Moa. Es también entonces cuando te encuentras con una alcaldesa de Barcelona, de En Comú Podem, retirando el nombre de Pascual Cervera de una plaza o con un alcalde socialista de Palma de Mallorca que se hace un lío entre personas y barcos para retirar nombres como el de Cosme Churruca. Tanto en Barcelona como en Palma, de paso, han logrado adelantar el surgimiento del fascismo en Europa a comienzos del XIX o a la guerra de Cuba: la verborrea que afirma que en la historia todo es fascismo menos los míos convertida en acción política.

El abuso de la historia se torna dañino y peligroso porque se convierte en un relato enlatado a poder ser en 140 caracteres solamente para tirárselo a la cara al contrincante político

 

Ahí sí, no ya el uso, sino el abuso de la historia se torna dañino y peligroso porque se convierte en un relato enlatado a poder ser en 140 caracteres solamente para tirárselo a la cara al contrincante político. Pocos discursos como el histórico se adaptan tan bien a la forma de pedrada. Hemos visto abundantes muestras en esta legislatura en el Congreso. Pero cuidado: usen la historia cuanto quieran, para eso está, pero no abusen de ella porque puede ser entonces que la pedrada sea lo de menos.

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