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El virus no espera. El virus no descansa. Esta semana ha quedado demostrado que la pandemia avanza mucho más rápido que el proceso de vacunación. Cada día se producen más infectados y con ello aumentan los hospitalizados, y previsiblemente los fallecidos en unas pocas semanas. Un proceso que contrasta frente a un ritmo, todavía insuficiente de vacunación. La asimetría existente a la hora de vacunar entre Comunidades Autónomas, y la ausencia aparente de cronogramas informativos y trasparentes sobre los objetivos y ritmo real de vacunación, me han generado algunas inquietudes: ¿Por qué no hay un plan detallado con los objetivos de vacunación semanal? ¿No sería bueno definir unos objetivos semanales, de forma que la ciudadanía pudiera saber qué objetivos se han marcado y logrado cada semana?

¿No sería bueno definir unos objetivos semanales, de forma que la ciudadanía pudiera saber qué objetivos se han marcado y logrado cada semana?

Este plan podría actualizarse con la llegada de más vacunas y daría tranquilidad. Más aun, cuando uno observa estupefacto el ritmo de vacunación existente en otros países del mundo. Israel es el país que más ha vacunado (25% de la población). Le sigue Emiratos Árabes Unidos (15,5%), Barein (6,5%), Reino Unidos (5%), EEUU (3,4%) y Dinamarca (2,23%). Éste último, lidera el proceso de vacunación en la Unión Europea. Una mirada al mundo reafirma mi convicción de que se debe acelerar el ritmo en nuestro entorno.

Estos últimos 7 días también han sido noticia las nuevas variantes del coronavirus, entre otras cosas, porque su número sigue en aumento. Está la variante de Reino Unido, la B.1.1.7, que parece más transmisible. También está la variante sudafricana 501Y.V2. Se desconoce si es más transmisible, y se especula con que pueda evadir parcialmente los anticuerpos neutralizantes. Por último, se han detectado las variantes P.1 de Manaos (Brasil) y la de Japón, la cual parece que integra aspectos de las variantes inglesa y sudafricana, como son la mutación N501Y más infecciosa, y la mutación E484K. Por cierto, esta semana se ha registrado la primera reinfección con la variante B.1.1.7. en Reino Unido. Se trata de una mujer de 78 años, reinfectada 250 días después de la primera infección y confirmado por secuenciación genética.

Una mirada al mundo reafirma mi convicción de que se debe acelerar el ritmo de vacunación en nuestro entorno

Me han resultado muy interesantes algunos estudios publicados estos últimos días. Por ejemplo, uno que sugiere que la carga viral en saliva se correlaciona con la gravedad y mortalidad de la COVID19. Esto supone que a mayor nivel de virus en saliva, mayor gravedad. Otro estudio concluye que la edad (por encima de 65 años) y el sexo masculino son factores de riesgo relevantes para sufrir COVID19 grave. Las mujeres sufren, en cambio, más la COVID19 larga (síntomas a largo plazo). La obesidad y una inadecuada respuesta inmunitaria son también claves a la hora de desencadenar la versión más peligrosa de la enfermedad.

Igualmente llamativo es el estudio que confirma cómo la microbiota intestinal (compuesta por 100 billones de bacterias) podría estar relacionada con la gravedad de la COVID19 a través de la modulación de la respuesta inmune. Además, su alteración podría contribuir a los síntomas persistentes. En relación a la COVID19 larga o persistente, hemos aprendido, gracias a un estudio en 1733 pacientes, que un 76% de los mismos tiene al menos 1 síntoma a los 6 meses de la infección, siendo los síntomas más habituales, la fatiga, debilidad muscular, dificultad para dormir, ansiedad y depresión.

La obesidad y una inadecuada respuesta inmunitaria son claves a la hora de desencadenar la versión más peligrosa de la enfermedad

Otra noticia interesante, acompañada por un buen trabajo científico, ha analizado la eficacia de las mascarillas durante la pandemia. Las mascarillas fueron la primera herramienta real de prevención frente al virus y la COVID19, y junto con la distancia social y las vacunas, lo siguen siendo hoy en día. Además, tengo la sensación de que han llegado para quedarse. Su eficacia frente a la gripe o su uso preventivo en centros sanitarios podrían perdurar los próximos años y evitar innumerables infecciones respiratorias en la población.

Quiero finalizar este resumen semanal con píldoras para el optimismo. Por un lado, la evidencia de que pronto veremos nuevas vacunas aprobadas, lo que permitirá, esperemos, acelerar el ritmo de vacunación. A las vacunas de Pfizer y Moderna, se le sumará a final de mes la de AstraZeneca-Oxford y a lo largo de febrero, previsiblemente, la vacuna adenoviral de Johnson & Johnson. Esta semana, por cierto, se publicaba un estudio basado en el ensayo clínico fase I/II de esta última vacuna que sugiere su eficacia y seguridad. Así mismo, ha sido ilusionante descubrir cómo se logra aumentar, poco a poco, el arsenal terapéutico frente a la COVID19. Un ensayo clínico en 800 pacientes concluía que los fármacos tocilizumab y sarilumab reducen la mortalidad (del 36% al 27%) entre pacientes críticos, evitando la muerte de 1 de cada 12 enfermos.

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