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En 1953 el historiador catalán Jaume Vicens Vives escribió una historia contemporánea de España para una colección de textos que debían regenerar la historiografía europea de ese complicado período cuando el continente se lamía las heridas de la última gran guerra. Apuntaba cono una de las señas distintivas de la historia española de los últimos ciento cincuenta años el hecho de que, de entre los Estados-nación occidentales, España era el único que debatía sobre su propia existencia. Casi setenta años después seguimos recurrentemente sacando a flote el mismo debate. 

En ello tiene, a mi juicio, no poca responsabilidad haber asumido un vocabulario inapropiado y extremadamente confuso que fue generado en los años de la Transición por el nacionalismo vasco y adoptado durante su radicalización por el independentismo catalán. Se trata básicamente de prescindir de la palabra España y sustituirla por Estado español o simplemente “el Estado”. Obviamente el mismo giro del lenguaje que no se produjo respecto de la nación de referencia de esos movimientos: nunca se refieren a Euskadi o Cataluña como “la Autonomía”, y menos aún como la región o el territorio. El resultado es que, en ese juego del lenguaje, solamente la referencia que consideran propia esos movimientos tiene nombre de nación, mientras que a la otra solamente se le nombra en tanto que artificio institucional. 

 

Se trata básicamente de prescindir de la palabra España y sustituirla por Estado español o simplemente “el Estado”

 

“Estado español” es una expresión que, en el lenguaje nacionalista, ha funcionado muy bien desde la Transición porque cumple dos funciones al mismo tiempo. Por un lado, evita decir España y, por otro, caracteriza todo lo español como un derivado sin apenas filtrar del franquismo, como si la Transición le diera continuidad a dicho régimen precisamente en el Estado. Adoptar un lenguaje franquista fue así una solución óptima para el vocabulario nacionalista que, deliberadamente, cortaba por lo sano con un vocabulario político republicano en el que España funcionaba tanto como “la República” para significar la nación, mientras el “Estado español” era el sistema de instituciones y poderes. 

 

La razón es que donde España es realmente plurinacional es, precisamente, en Cataluña o Euskadi, es decir, donde se origina un lenguaje que se niega a aceptar que en su espacio de nación haya concurrencia

 

Todo el espectro nacionalista vasco desde la Transición, así como el independentismo catalán, han ido regularizando el uso de este lenguaje en el discurso público con notable éxito. Con ello se da forma a una de las paradojas más llamativas del debate político sobre España y el Estado español. Los movimientos y partidos que han dado por bueno ese lenguaje, entre los que se incluyen no solo nacionalistas sino también, por ejemplo, Unidas Podemos, Más País, Comuns, Compromís y grupos similares, son decididos defensores de la “plurinacionalidad del Estado”. Sin embargo, y aquí lo paradójico, no parecen advertir que nada hay más contrario a la plurinacionalidad que erradicar la palabra España del vocabulario político para sustituirla por “el Estado”. La razón es que donde España es realmente plurinacional es, precisamente, en Cataluña o Euskadi, es decir, donde se origina un lenguaje que se niega a aceptar que en su espacio de nación haya concurrencia.

Decir Estado español para no decir España es invisibilizar que en Euskadi o en Cataluña exista esa identidad, como si todo lo español allí fuera pura imposición “del Estado” y no un fenómeno social como la identidad nacional vasca o catalana. El mensaje es que detrás de lo español no hay gente, solo instituciones impuestas, y que, por lo tanto, no hay identidad. Es, en suma, negar la plurinacionalidad allí donde justamente existe. Un ejemplo bastará para ilustrar esa paradoja del vocabulario originado en la Transición: el Estatuto vasco no usa ni una sola vez la palabra España, solamente la expresión “Estado español”, hasta el punto de referirse a las “Cortes del Estado español”, que no existen. Por supuesto que de aquí se deriva toda una costumbre política que ha dado por bueno y coherente que los poderes públicos de Euskadi o de Cataluña no se sientan en absoluto concernidos por los símbolos de esa otra identidad nacional presente en sus territorios pero invisibilizada por su vocabulario y, menos aún, comprometidos con políticas culturales que tengan que ver con ella. Lenguaje y acción política van, por supuesto, de la mano.

 

Al asumir ese lenguaje nacionalista, la izquierda no solo asimila vocabulario franquista sino que hace dejación de una tradición propia que hasta la guerra civil no estuvo dispuesta a dejarle a la derecha

 

Nunca he logrado hallar una razón de peso, más allá de un impulsivo rechazo a la sobredosis de nacionalismo español del franquismo, que explique por qué una parte importante de la izquierda asumió este lenguaje como propio. No solo es un lenguaje franquista, sino que, sobre todo, es mucho menos democrático y está diseñado para no reflejar en absoluto la pluralidad de identidades en España. Al asumir ese lenguaje nacionalista, la izquierda no solo asimila vocabulario franquista sino que hace dejación de una tradición propia que hasta la guerra civil no estuvo dispuesta a dejarle a la derecha, y menos a la ultraderecha, el uso exclusivo de la referencia de España como nación. Por eso yo digo España.

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