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Escenario de guerra en tu propio pueblo

Muchos profesionales tuvieron que acostumbrarse a vivir cada jornada en 'zona de conflicto', normalizando como algo habitual las bombas, los atentados o los muertos

Atentado contra el parlamentario Fernando Buesa. / EFE
Atentado contra el parlamentario Fernando Buesa. / EFE

El terrorismo de ETA ha marcado a varias generaciones de vascos. Unos porque vivieron amenazados o extorsionados. Otros porque tenían miedo de expresar sus opiniones. Demasiados porque el terrorismo trucó la historia de su familia de una u otra forma. 

Para la mayor parte de la sociedad vasca fueron mucho los años en los que el sonido de una explosión en medio de la noche sólo se interpretaba como "otro atentado". Llegó a ser tan habitual que era algo tristemente cotidiano. Como en un escenario de guerra sin que esa guerra existiera. 

Ertzainas, policías, jueces, periodistas, fotógrafos... forman parte del grupo de personas en los que su trabajo pasó a ser un destino en zona de conflicto, aunque trabajaran a pocos metros su casa.

En los 'años de plomo', por ejemplo, ser juez en Euskadi era sinónimo de amenaza, pero todo se acrecentó cuando mataron al Juez Lidón en el año 2001, a la salida del garaje de su domicilio.
No era la primera vez que ETA asesinaba a miembros de la judicatura. Había matado por ejemplo a Carmen Tagle, a Tomás y Valiente, a Francisco Mateo Canobe...Pero el asesinato de Lidón supuso un punto de inflexión en el acoso a los jueces que desarrollaban su labor en el País Vasco.

"A partir de ese momento se produjo una situación de fuerte presión sobre la judicatura. De hecho, en el siguiente concurso de jueces después del asesinato de Lidón se marcharon muchos", recuerda el juez Edmundo Rodríguez, uno de los que se quedaron pese a todo.

"Toda la judicatura y la fiscalía pasó a vivir con escoltas, de tal forma que una situación de amenaza, pero que no se entendía como algo específico hacia nosotros, se  tradujo en la necesidad de vivir cotidianamente protegido".

Edmundo Rodríguez, tuvo que vivir diez años con protección, igual que el resto de sus compañeros. En los peores años de actividad de ETA estaban en el  juzgado de primera instancia número 10 de Bilbao, pero además era coordinador de Jueces para la Democracia en Euskadi. "Era lo peor que podía pasar en aquella época, que salieras en los medios, te pusieran cara, tuvieran fotos tuyas...Pero al final si todo el mundo nos escondíamos la sensación que se transmitía a la sociedad era muy negativa, y de lo que se trataba era que se percibiera que el Poder Judicial cumplía su labor". 

"Había que hacer de tripas corazón y aguantar"

Recuerda que llevar escolta suponía que había alguien que te protegía, pero, además de la servidumbre añadida de "falta de libertad", suponía un añadido, percibir la falta de solidaridad de una parte de la sociedad, "no de toda", puntualiza. "Tenías sensación de persecución porque cuando ibas con escolta la gente se dedicaba a mirar quién será ese, será un político..."

Lo cierto es que el hecho de que se constara que la amenaza era algo real, "que te podían asesinar en cualquier momento", supuso que muchos jueces decidieran "marcharse o no venir. En las promociones las plazas de Euskadi eran las últimas que se solicitaban", recuerda. 

Los que decideron quedarse "se conjugaron para hacer su trabajo sin tener en cuenta la amenaza de ETA y garantizar los derechos de los ciudadanos en el País Vasco, pese a vivir con un escolta y estar amenazado", y fueron incorporándose nuevas generaciones de jueces que, lo que permitió que el Poder Judicial en el País Vasco "siguiera funcionando". Eso pese a las bombas que de forma habitual se lanzaban contra los juzgados para "intentar amedrentar a todo el colectivo judicial".

"Había que hacer de tripas corazón y aguantar o irse".  Pero según recuerda, eso "no supuso un abandono del sistema judicial en el País Vasco, pese a que una buena parte de la sociedad, en ningún momento mostró simpatía por la situación de persecución que vivía el colectivo. Pero es aplicable a nosotros, o a otros muchos colectivos. Podía tocar a cualquiera", dice.

Joseba, es el nombre ficticio de un ertzaina que cuando ETA estaba en plena actividad trabajaba en una de las comisarías guipuzcoana de las "complicadas", en el triángulo de San Sebastián, Renteria y Hernani, quizá la zona en la que más kale borroka y atentados vivió en la época de más actividad de ETA. Pese a que las cosas han "cambiado mucho", prefiere guardar el anonimato.

Ahora, visto desde la distancia, le resulta curioso ver como esa situación anómala se entendía como algo normal por habitual. "Se veía como algo normal que todos los días hubiera que salir a un atentado o a un acto de  kale borroka o a un apedreamiento de un autobús... y que te fueras a casa y  no cogieras el coche para llevar a tus hijos al colegio por miedo a que te pusieran un paquete". "Pero era algo que estaba normalizado, interiorizado que era así", dice.

Recuerda que se quemaban autobuses cada día, y había dispositivos para evitarlo, lo que suponía que la furgoneta estaba parada en un punto y te convertías en blanco". "Sabías que en cualquier momento te podía pasar algo, pero acababas interiorizándolo como tu vida cotidiana". "Ya sabíamos que cada día teníamos que enfrentarnos a todo eso".

La mujer de Joseba también es ertzaina. Eso, dice, evitó en su familia el sufrimiento que había en otras, porque "ella vivía la realidad como la vivía yo". Su dia a día era complicado, "con precauciones cambiando rutinas...algo que se hacía difícil con dos niños pequeños". Recuerda como se las arreglaban para mirar los bajos del coche, sin que ellos fueran conscientes del riesgo que vivían.

Asegura que en sus compañeros ha visto muchas consecuencias inaguantables en el campo emocional, y, aunque él se considera una persona fuerte en este ámbito, "algo siempre queda" de esa tensión. Tuvo que pasar porque le pintaran el coche, el portal...

Su hijo mayor nunca dijo en el cole que sus aitas eran en ertzainas. Cuando ETA anunció su fin tenía diez años. A la segunda ya la pilló el fin de ETA, cuando el que tu padre fuera ertzaina ya no era una lacra." Aunque tampoco es esta una profesión para hacer demasiada ostentación",, dice. "Pero antes era impensable".

Como ertzaina vivió varios atentado como el de Múgica, la detención de Valentín Lasarte...pero los más duros siempre ha sido los que han afectado a sus compañeros. "Era difícil gestionar el miedo y la preocupación".

El fin de ETA supuso un alivio. "De repente empezó una vida diferente para todo el mundo. Dejamos de ver la pistola en el cogote".

Rafa Rivas inmortalizó con su cámara mucho de los peores momentos de la historia del terrorismo en  Euskadi. Primero para las páginas de el diario El Mundo, y mayoritariamente después para El Periódico de Cataluña y la agencia France Press.

"Era una rutina que hubiera todas las semanas un atentado"

Era raro el día en que no tenía que salir a un atentado o a algún acto de kale borroka. Siempre teníamos que estar pendientes y dispuestos a salir".

Le pilló lo que llamaron la "socialización del conflicto", cuando empezaron a matar políticos con el asesinato de Gregorio Ordóñez. Empezaron con los concejales y se convirtió como una especia de rutina el que hubiera  todas las semanas uno o dos atentados.

"Tenía que estar siempre pendiente. Salías de madrugada, a cualquier hora salías sin saber mucho lo que había pasado, más allá de que había habido un tiroteo". "Era continuo. Acababa de hacer la manifestación tras el entierro y había veces que al día siguiente tenía otro". Eso reconoce que llevaba a que supusiera que acababas interiorizando como una rutina lo que estaba pasando. "Creo que era en parte como una parte de autodefensa, porque al final te afectaba". "Era un escenario complicado de hacer, pero es que al final, además, los que estábamos trabajando no éramos ajenos a esto".

En este sentido, Rivas recuerda que había veces que "era difícil abstraerse de una situación cuando se trataba de alguien con el que habías tenido relación por el trabajo, no era alguien abstracto. Era alguien con el que igual te cruzabas cada día en la cafetería del Parlamento o que pasaba a tu lado y se quedaba a charlar un rato, como era el caso de Fernado Buesa"

Recuerda por ejemplo que le afectó especialmente el atentado en el que se asesinó a Manuel Zamarreño. "Había estado en la  rueda de prensa en la que presentaron como sustituto de José Luis Caso, al que habían matado. Y tuve que oir y encontrarle ahllí desnudo con la barra de pan. Y piensas 'le he estado haciendo fotos en su lanzamiento a la diana'". 

Algunos, dependiendo de lo explícito que te encontraras era más compliado. Pero a veces ya  ni pensabas en lo que estabas haciendo, Solo en hacer las fotos y mandarlas cuanto antes".

A Patricia Burgo, también la tocó durante mucho tiempo, estar pendiente de una llamada que la sacaba de madrugada de la cama para hacer un directo ante la dantesca imagen de un atentado. Trabajaba para Telecinco -donde estuvo hasta 2010- y cubrían también los alrededores de Euskadi.

Recuerda un atentado con bomba en una casa cuartel de  Burgos de madrugada, saliendo sin saber muy bien qué te ibas a encontrar. "Iba pensando que me iba a encontrar un montón de muertos, aunque fue un mikagro que nolos  hubiera  porque no había fachada. Después del directo me dio una lipotimia, no sé si fue el calor o los nervios".

"Tuve que parar porque me ponía a llorar"

Recuerda que en el día a día, "parecía que no te preocupaba tanto lo que había pasado, sino el trabajo que tenías que hacer. Estábamos como lobotomizados, pero al final sí te afectaba". Cuando acabábamos te dabas cuenta de lo que había pasado". 

Recuerda también el atentado de Isaias Carrasco, "porque llegamos cuando todavía estaba vivo". "Me acuerdo que mi compañero grabó los disparos en la ventanilla del coche que me impresionó mucho". También le impactó cubrir el atentado a Inaxio Uria en Azpeitia. "Ahí sí recuerdo que tuve que parar. Me tocó capilla ardiente y preguntar a la familia y amigos cómo estaban. Tuve que parar porque me ponía a llorar".

Cubrir el asesinato de Eduardo Puelles también le resultó especialmente duro porque "tuve que hacer el directo desde el coche bomba y recuerdo al día siguiente hablar con el hermano y estaba la madre con la cara ida. Estás cara a cara con alguien al que han matado a su hermano o a su hijo el día anterior. Tenías que hacer el directo dando la información sin que tus sentimientos se notaran en la cara y eso a veces era muy duro".

También recuerda como a su redacción, como a tantas otras con los periodistas amenazados, iba la Ertzaintza a dar cursos de autoprotección " y nos parecía normal".

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