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Fiestas y disturbios: fatiga pandémica y hedonismo en las conductas reprobables

Dos profesores de psicología y filosofía analizan las causas del censurable comportamiento social que se ha visto en las calles de Euskadi durante las últimas semanas

Multitud de jóvenes toman cervezas en la plaza del Sol del barrio de Gracia de Barcelona / EFE
Multitud de jóvenes toman cervezas en la plaza del Sol del barrio de Gracia de Barcelona / EFE

Durante los últimos fines de semana la Ertzaintza y las policías locales han registrado miles de denuncias de ciudadanos que han infringido la normativa sanitaria impuesta para contener la propagación del coronaviris en Euskadi. Fiestas ilegales en viviendas y hoteles, enfrentamientos en las calles con la Ertzaintza... ¿Qué lleva a algunas personas a actuar con irresponsabilidad aun sabiendo que pueden propagar el virus? Dos expertos en psicología y filosofía analizan las posibles causas de este comportamiendo social minoritario que se ha visto en las calles vascas durante las últimas semanas.

El profesor de Psicología de la UPV/EHU, Aitor Aritzeta, considera que estas actitudes "insolidarias y que muestran falta de empatía" tienen una razón histórica anterior a la pandemia. "Hay una franja de edad, de 16 a 25 años, en la que durante muchos años años se llevan alimentando una serie de valores individualistas, y los colectivos brillan por su ausencia. Es una juventud que se ha desarrollado en valores tecnólogicos y tienen falta de empatía y del de tú a tú", reflexiona el profesor.

"Fatiga pandémica"

La pandemia, y en especial el duro confinamiento pasado, ha mantenido a la población en una incertidumbre y ahora lo que se respira es cansancio, lo que más concretamente Aritzeta dice que se conoce como "fatiga pandémica". "Se han quedado sin recursos y esto ha desembocado en malestar y cierta agresividad. Es como una situación bélica en la que no se puede detectar al enemigo. No se puede ver. Esto se une a la sensación de invulnerabilidad que tienen los jóvenes por la menor dureza que parece tener el virus en ellos", explica.

Hasta los 25 años hay un área del cerebro, el cortex frontal, que no termina de desarrollarse. Esto afecta directamente a sus actos y los convierten en más impulsivos, hasta el punto de que pueda derivar en actitudes "básicas y morálmente deplorables". Aitor Eritzeta añade que la juventud necesita del contacto físico y que pasa por una edad en la que buscan su sitio en el mundo. "Son el caldo de cultivo perfecto, son como una olla a presión. Esa sensación de invulnerabilidad, sumada a la falta de madurez, a los valores históricos y a la fatiga pandémica ha hecho que esa olla explote".

Para este profesor de psicología, esta sociedad en la que vivimos se basa en el hedonismo y el placer y en la busqueda de la "gratificación inmediata", y cuando esto no se puede lograr, lleva a las personas a la busqueda de soluciones rápidas que generan dopamina y que con ella cierta dependencia.

Una mayoría modélica

La profesora de Filosofía de los Valores y Antropología Social, Belén Altuna, también coincide en que se trata de una mezcla de circunstancias. "Esto se está haciendo muy largo y algunos jóvenes no aguantan sus ganas de fiesta, de 'normalidad', no me parece tan extraño después de todo. Y supongo que hay que sumarle la adrenalina y la excitación por saber que están haciendo algo 'prohibido".

Sin embargo, ella pone el foco en todas aquellas personas que sí están cumpliendo las normas y que esta irresponsabilidad solo corresponde a un grupo reducido de individuos. "Entiendo que esa no sea la noticia, pero a mi es lo que me parece verdaderamente significativo. El hecho de que la grandísima mayoría acepte y acate escrupulosamente todas esas nuevas reglas, las limitaciones a su libertad y a algunos de sus derechos más fundamentales y del hecho de que apenas haya habido protestas, en comparación con otros lugares".

A todo esto, hay un hecho concreto que para Altuna es aún más revelador y es la cantidad de personas que lleva la obediencia a la autoridad hasta límites extremos. "Me refiero a toda la gente que camina sola (o con un conviviente) por el monte, el parque o una calle medio desierta, es decir, en exteriores y sin nadie a metros de distancia, con la mascarilla perfectamente puesta y que incluso corre por el monte con ella. El hiperseguimiento de las normas, el renunciar a la libertad de decidir en cada momento si tiene sentido o no ese uso de las mascarillas, por ejemplo, ése me parece un comportamiento más revelador de la naturaleza moral humana que su contrario", reflexiona.

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