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La pandemia paraliza los diagnósticos de los alumnos con necesidades educativas especiales

Familiares y profesores denuncian que el colapso del sistema sanitario y educacional repercute a la hora de realizar nuevas detecciones

Aula de un colegio de infantil. / EP
Aula de un colegio de infantil. / EP

La explosión del coronavirus ha afectado de pleno a los principales sectores públicos de Euskadi, la Sanidad y la Educación, que están haciendo malabarismos para poder salvar la urgente situación de colapso y deja por el camino otras atenciones primordiales como el déficit en los cribados de cáncer y la parálisis en la falta de diagnóstico de los alumnos con necesidades educativas especiales, entre otros muchos "daños colaterales" ocasionados por el virus. La actual sexta ola de la pandemia ha afectado como nunca en el número de bajas del personal de Osakidetza, mientras que la escuela pública vasca bate récords con más de 3.000 sustituciones de profesores en tan solo una semana. Una situación que impacta de lleno en los alumnos más vulnerables y en un sistema de detección totalmente frenado a consecuencia de la pandemia.

Tal y como adelantó 'Crónica Vasca", el alumnado vasco que requiere de necesidades educativas especiales aumentó un 12% en tres años, desde el periodo que comprende al curso 2016/2017 hasta el 2018/2019, según una información parlamentaria facilitada por el Gobierno vasco a la oposición. El total del alumnado con necesidades específicas de apoyo educativo ha ido aumentando a lo largo de los últimos años y crece cada curso escolar, pero el periodo de confinamiento y los recursos puestos al servicio de la lucha contra el coronavirus están influyendo en un déficit a la hora de detectar y atender correctamente a posibles nuevos casos. Así lo corroboran tanto familiares de niños con necesidades especiales como profesionales que trabajan en las aulas con este colectivo, así como sindicatos.

Parálisis en los diagnósticos

Especialistas en apoyo educativo (EAE) explican a 'Crónica Vasca' que el proceso para diagnosticar a un alumno es ya de por si "súper complejo". "Se inicia en el centro escolar que deriva cada caso a la consultora, quien realiza un informe para que se analice en Pediatría, de ahí va a la Unidad de Psiquiatría Infanto-Juvenil (UPI) y pasa, finalmente, a los servicios de apoyo de Berritzegune". "Son procesos de valoración muy largos y los apoyos llegan tardísimo a las aulas". 

Un recorrido que se dilata en el tiempo y que ahora se ha estancado debido al síncope del sistema sanitario que "hace imposible" conseguir una cita con la UPI. "La pandemia no ha permitido en muchos casos la presencialidad de los chavales en las consultas que es imprescindible para su valoración y ha acarreado un aumento de los problemas psicológicos de los jóvenes, que ha colapsado al servicio y mantiene enormes listas de espera". Una situación que corrobora el sindicato Steilas que asegura que "la detección de casos se ha dejado de hacer" durante los últimos dos años.

La Asociación Lagundu NEE, integrada por familiares de alumnos con necesidades especiales, coincide en el diagnóstico, ya que "la pandemia ha mermado a la sanidad pública y los niños requieren de un seguimiento continúo de psicológos y psiquíatras que ahora no tienen". Raquel García, madre de una niña con una discapacidad severa, explica que su hija "tuvo la última visita en octubre y la siguiente la tiene en abril" cuando antes la atendían cada tres meses. A lo que se une que ahora no pueden acudir a la atención primaria para que la atiendan. "La UPI está saturada y no todo el mundo tiene los recursos económicos para ir a un psicólogo privado a que te evalúen al niño", expone. "Si vas por la sanidad pública "se ralentiza todo" en el tiempo, mientras que por la privada "se agilizan los plazos, pero tienes que disponer de dinero y recursos". 

Detecciones tardías

Profesionales y familiares de alumnos con necesidades educativas especiales coinciden en señalar que cada año se realizan más diagnósticos de alumnos, pero que "el número de casos es mayor" del que se diagnostica. En este sentido, los profesores de educación especial echan en falta un diagnóstico precoz desde las Haurreskolas, ya que "desde edades tempranas se puede ver si un niño tiene alguna dificultad de aprendizaje".

García relata que "la dislexia se empieza a trabajar en tercero de Primaria cuando hay métodos para detectar una predisposición a la dislexia desde edades más tempranas". Casi la mitad de todos los casos detectados en las escuelas vascas se dan en la Educación Primaria y "los niños arrastran toda una serie de carencias de recursos que hace que muchos no lleguen a la Educación Secundaria".

 

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